Opinión

La atmósfera, como la política

 
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Centros de verificación

A principios de la década de los 70, en la capital británica se registraron elevados niveles de contaminación. Londres provocó escándalo en el mundo por la célebre muerte –numerosa, que no masiva– de diferentes especies de aves, que por sus extensos parques urbanos y zonas verdes, habitan en la capital inglesa.

La noticia tuvo un impacto de tales dimensiones, que impulsó a científicos, expertos, académicos y comisiones de energía a modificar los componentes de combustibles para automotores. La medida principal, además de regular la circulación de automóviles, fue cambiar la gasolina y el diésel, comprobar que los autos en circulación utilizaran únicamente combustibles probados, más limpios y menos contaminantes.

A 40 años de distancia –lo comprobé recientemente– el aire de la capital inglesa es ejemplar. Limpio, claro, con un ocasional y escurridizo cielo azul envidiable para una ciudad cosmopolita que hace apenas cuatro décadas enfrentaba un problema serio.

En el Distrito Federal se inició el programa Hoy No Circula en noviembre de 1989, bajo la administración del entonces regente Manuel Camacho Solís. Los altos grados de contaminación, la incipiente medición de partículas por millón y las alertas lanzadas por expertos principalmente de la UNAM, encendieron los focos rojos y se inició el diseño de medidas y programas.

Han pasado 27 años, con un intrincado sistema de verificación vehicular, convertidores catalíticos, modificación de combustibles de mejores octanajes y componentes diversos y, con todo, no hemos logrado un avance significativo.

Cuando se entrevista a expertos sobre el tema y se compara la experiencia británica de los 70, con la mexicana de los 80, se esgrimen múltiples argumentos: Londres se encuentra en una isla y está en la vertiente de un río, donde los vientos, el clima y las lluvias contribuyen enormemente a limpiar el aire durante los más de 300 días al año en que hay precipitaciones. La Ciudad México por el contrario está enclavada en el corazón de un valle, rodeada por montañas y volcanes, donde la concentración natural de calor es significativa, especialmente en la temporada donde no hay lluvias, además de que entubamos los ríos, secamos el subsuelo y padecemos graves problemas de agua.

Con todo, dicen los expertos, las medidas implementadas hace casi 30 años debieran ya haber aportado resultados contundentes en la calidad de nuestro aire capitalino. Tenemos gasolinas más limpias, los coches se verifican –hipotéticamente– las armadoras de autos garantizan –eso creemos– la instalación de convertidores catalíticos que reduzcan la emisión de partículas contaminantes a la atmósfera.

Y si todo eso se hace, ¿por qué estamos tan mal?, ¿por qué rescatamos el acrónimo Imecas del fondo de un diccionario de otros sexenios para volver a un problema que no hemos resuelto?

Porque nuestro aire es un reflejo de nuestra política: tramposa, sucia, asfixiante y altamente contaminada. Peor aún, corrupta como el aire que respiramos.

Han pasado cuatro y casi cinco administraciones de distintos partidos
–PRI y PRD– al frente del Distrito Federal en estos 27 años, y todo el sistema y la estrategia para limpiar el aire ha fracasado. Los verificentros son una fuente de corrupción que nadie controla y ordena, porque la autoridad que debiera imponer altos niveles de exigencia y cero tolerancia –como el alcoholímetro– está involucrada en el 'brinco' con que pasan los autos las verificaciones mediante una discreta mordida. Discreta porque ahora hay cámaras que vigilan, pero ya sabe usted que el ingenio mexicano para romper la ley y burlar los reglamentos es de premio mundial. El control de las gasolinas y el diésel –tema ausente en el debate– es como el triángulo de las Bermudas: ¿quién vigila, supervisa, verifica que contengan los componentes que no contaminan, o que contaminan menos?

Tres comisiones y siete instancias que se pasan la responsabilidad entre secretarías, Pemex y otras tantas.

No existe una estrategia integral para esto que hoy llaman “la Megalópolis” con el propósito de limpiar el aire. Los intentos de la Semarnat de hace dos semanas para conciliar las tonterías entre Eruviel Ávila y Miguel Ángel Mancera resultaron inútiles, porque las acciones coordinadas entre Puebla e Hidalgo también fracasaron.

El ejercicio político entre las autoridades respectivas es tan pobre, tan corrosivo, como el propio aire que respiramos. Parecen incapaces de construir un acuerdo, un plan integral, escuchar a los que saben como al Nobel Mario Molina que lleva casi dos décadas advirtiendo sobre esta creciente y agravada contingencia.

Hemos sido totalmente incapaces, a pesar de 30 años de medidas, de hacerlo bien, con profesionalismo, con eficiencia, con honestidad. Hoy, el jefe de Gobierno parece urgido a mostrar la energía de un líder que es capaz de tomar decisiones altamente impopulares. ¿Es la emergencia o es la política? No lo sé, pero la esperanza de que en 30 años –más o menos el tiempo que le tomó a Londres limpiar su atmósfera de contaminantes– pudiéramos tener en el DF un aire limpio se desvanece. Tendrán que pasar otras tres décadas para ver si entonces sí se logra recuperar la “región más transparente” de un pasado remoto.

Twitter:
 @LKourchenko

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