Opinión

La apuesta de Morena

 
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AMLO presenta demanda en contra del Wall Street Journal

La salida de López Obrador del PRD a inicios de 2013 representó para la izquierda una ruptura de liderazgo y proyecto. El Partido de la Revolución Democrática, que había sustentado su modelo político con base en el sometimiento a sus caudillos, primero Cárdenas y después Andrés Manuel, había quedado descabezado más por la decisión rupturista del líder y candidato presidencial, que por una definición interna del partido dispuesto a romper con un pasado ideológica y políticamente obsoleto y anacrónico. Fue AMLO quien los abandonó y obligó a redefinir su papel de partido sin ligazón a figura alguna, lo que todavía no alcanzan a resolver.

Mientras tanto López Obrador construyó su propia estructura vertical, sin resistencias ni oposiciones internas, en un intento por aglutinar en torno suyo a todo el nacionalismo revolucionario abandonado por el PRI, y disputado internamente en un PRD dividido y confrontado por las derrotas de 2006 y 2012. Morena se construye en la lógica política de una izquierda única, incuestionable, descalificadora de todo aquello que implique concesión alguna en el marco de un discurso político contestatario dispuesto a ser el beneficiario de la debacle de la clase política mexicana en su conjunto.

Esto llevó a Andrés Manuel y su partido a cooptar a fuerzas como la CNTE y movimientos situados en esa delgada línea entre la legalidad y la violencia legitimada por la causa que abanderan como los beneficiarios de Ayotzinapa, Nochixtlán entre otros. Los resultados de las elecciones del pasado mes de junio, si bien no le dieron triunfos importantes, si situaron a Morena como una fuerza capaz de disputarle espacios político-electorales a un PRD desdibujado incapaz de cortar los vínculos con el pasado corporativo y sin figuras populares para presentar ante la ciudadanía.

Es por ello que Andrés Manuel no debate con el resto de los dirigentes nacionales de los partidos, ni interactúa en el debate político nacional.

Morena y su liderazgo apuestan a la debacle política y económica del país para surgir como alternativa ante el desastre nacional que sólo ellos pueden componer. Por eso no puede enfrentar sus propios escándalos de corrupción como los ocurridos en la Delegación Cuauhtémoc de la Ciudad de México con Ricardo Monreal a la cabeza. La pureza del movimiento no se mancha por la acción ilegítima de sus militantes, en todo caso demuestra la debilidad de alguno de sus miembros pero únicamente hasta ahí.

Términos como el “PRIAN”, la “mafia en el poder” o los “traidores perredistas”, justifican la política de aislamiento y falta de disposición a negociar por parte de Morena y su líder. Ceder es transar y negociar es traicionar en una lógica fundamentalista que equipara la política con la corrupción, y que simultáneamente convierte a su partido en una falsa institución inmaculada ajena a los manejos propios de cualquier lucha por el poder. Este tipo de discurso funciona en sociedades donde las crisis institucionales o económicas permiten el ascenso de liderazgos iluminados y opciones que parecen resolver mágicamente los problemas.

Es por ello fundamental el curso que tome la economía mexicana en los próximos meses, y la perspectiva de superación de problemas de seguridad y Estado de derecho que hoy agobian a millones de mexicanos. La lógica del pesimismo, independientemente de los datos duros, es capaz de encumbrar a aquellos que apuestan por la catástrofe como forma de acceder al poder, y al mismo tiempo generar corrientes de opinión que impongan percepciones negativas difíciles de superar en el momento de ejercer el voto. Lo hemos visto en otros países y México no es la excepción. A eso apuestan Morena y Andrés Manuel.

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