Opinión

La amenaza anarquista

La ultraderecha y el conservadurismo rancio en Estados Unidos piensan que México es una amenaza para su territorio porque alberga a los guerreros de la guerra santa –la Yihad– musulmana. Su posición parece derivada de la paranoia y sus fines ideológico y políticos. Lo que no saben es que México sí enfrenta una amenaza que no ha podido detener durante varios años. Son los anarquistas que responden a una organización internacional que han elevado la calidad de su violencia. De ser antisistémicos, disruptivos y generadores de violencia material, han pasado a una nueva estrategia para infringir daños físicos y muerte.

Los anarquistas son vistos de manera superficial por muchos en México, que los observan cuando irrumpen en protestas sociales, a las que se suman de manera autónoma y aprovechan la coyuntura para sus propósitos. Fuera de eso, se les olvida y se les recuerda únicamente como “vándalos”. Pero los vándalos son descritos por su actuar con violencia y espíritu destructor, que no responden a los objetivos anarquistas, definidos en el siglo XIX por Pierre Joseph Proudhon, quien afirmó que ellos buscan un orden en el cual no exista el Estado, ni un gobierno, porque no representa a la gente, sino que la gente se represente a sí misma.

Tan distraídos están los mexicanos con otros temas, que tratan a los anarquistas como un fenómeno de coyuntura, que pasó desapercibido que la semana pasada el ministro del Interior chileno, Rodrigo Peñailillo, anunció la detención de tres personas relacionadas con los bombazos en el Metro de Santiago el 8 de septiembre, que dejó 14 heridos. Entre los detenidos se encontraba el presunto autor material del peor atentado en Chile en más de dos décadas. El jueves pasado, la organización anarquista Conspiración de las Células de Fuego, reivindicó como suyos los bombazos.

Antes de que se diera la reivindicación del atentado, la policía chilena tenía como principal hipótesis la autoría intelectual y material de los anarquistas, cuyo antecedente previo fue una serie de 100 ataques terroristas con bombas en Chile entre 2006 y 2010, conocida como “El Caso Bombas”. Esa línea de investigación tuvo una ramificación a México, por una reunión celebrada el año pasado donde los grupos anarquistas decidieron incluir como objetivos a personas, con lo cual elevaron la calidad de su violencia. Lo habían esbozado dos años antes, cuando tras un ataque a policías, se difundió en el portal de las Células de Fuego en abril de 2012, una explicación-manifiesto que decía:

“Camaradas, durante la noche del lunes 23 de abril, incendiamos un camión utilizado para transportar granaderos que reprimen conflictos, bloqueos y manifestaciones. Alrededor de las 11:00 de la noche le pusimos un dispositivo incendiario a uno de los camiones estacionado justo junto a la prisión juvenil (en la colonia Narvarte)… No atacamos la propiedad de la policía en respuesta a las ‘injusticias’ que cometen, porque no creemos en la justicia, que apoya sus actos represivos.

“Como anarquistas no podemos enmarcar nuestras acciones dentro de demandas que abogan claramente por demandas ciudadanas… Debemos mantenernos alejados de adoptar eslóganes ‘revolucionarios’ que perpetúan la existencia de las prisiones, (como) el Estado, y el Capital. Debemos luchar por la destrucción completa de esto y de cualquier otro tipo de prisión de la sociedad… Somos guerreros por la libertad… Guerra social en todos los frentes”.

Sus frases pueden parecer delirantes para muchos, y sin rumbo. Pero no se deben soslayar. Son hijos de la cadena de colectivos de anarquistas de finales del Siglo XIX que representaban el primer movimiento global antisistémico, según escribió Žiga Vodovnik, en su internacionalmente aclamado libro publicado en octubre del año pasado Un espíritu vivo de revuelta: La infra política del anarquismo. Hoy, afirmó, no sólo es la corriente más revolucionaria que existe, sino que, por primera vez en la historia, la única de izquierda –químicamente pura, habría que añadir.

Los anarquistas, por definición, actúan por fuera de las instituciones, y su única interacción es para destruirlas. En México todavía son grupos marginales, pero si se repasara sus primeras erupciones públicas notables, como los actos llamados en ese entonces “vandálicos” durante las marchas de conmemoración de la Matanza de Tlatelolco hace ya unos tres lustros, se podría ver que su afiliación se ha incrementado en la medida en que sus métodos de violencia se han elevado, como el año pasado, cuando en el contexto de las marchas de los maestros, intentaron linchar y quemar a un jefe de la policía de la ciudad de México. Tiene casi dos años que dejaron de colocar explosivos en cajeros de banco, para buscar el ataque directo a las fuerzas de seguridad, que ha sido en forma creciente. ¿Cuándo transitarán, como en Chile, a objetivos civiles?

Esta es la pregunta que se tienen que hacer las autoridades. Los anarquistas en México están ganando terreno al encontrar condiciones sociales y económicas favorables para la revuelta, y no se ve que éstas cambien en el corto o mediano plazos ante las perspectivas de crecimiento y desarrollo durante los próximos meses. Con el año electoral de 2016 enfrente, este movimiento social puede galvanizar aún más esas contradicciones y encontrar en políticos antisistémicos, una salida pública que legitime su lucha, que hasta hoy, se ha marginado.

En las condiciones sociales y objetivas que se encuentra México, no hay que minimizarlos.

Twitter: @rivapa