Opinión

LA ALDEA: Peña y Michoacán

07 noviembre 2013 5:2

 
Es evidente que la estrategia de Felipe Calderón contra la delincuencia y el narcotráfico en Michoacán fracasó. Fue justamente en su estado natal dónde lanzó su primer operativo de Guerra contra el Narcotráfico a tan sólo 10 días de haber tomado posesión en 2006.  Hoy, casi 7 años más tarde, comprobamos la grave descomposición social en un estado que acusa un grave deterioro de las más mínimas condiciones de seguridad para la vida, para el comercio, para el estudio, para el turismo, para el libre tránsito, para la protección del medio ambiente, para la agricultura y la ganadería.
 
Aunque se sumen las voces oficiales llamando “delincuentes” a unos terroristas de facto –atentando contra instalaciones federales- y el recién “recuperado” gobernador Vallejo afirme que la presencia militar “es para capacitar a las policías locales”, las condiciones son claramente lamentables, algunos dicen, incontrolables.
 
 
El grave diagnóstico a Michoacán está sobre la mesa desde hace casi una década. Desde el gobierno de Lázaro Cárdenas Batel y su petición al gobierno federal de apoyo militar, para seguir con las granadas de Godoy, el arresto de su medio hermano, y las confrontaciones entre La Familia y Los Templarios, y desde tantos incidentes armados, violentos, detenciones y arrestos, ha sido evidente que Michoacán está en crisis. ¿Se les fue de las manos? ¿No se hizo lo suficiente para evitar que llegáramos ante tal degradación de la vida comunitaria?
 
 
El gobierno de Enrique Peña Nieto tal vez enfrenta su más grande desafío –en lo que va de la administración- en materia de seguridad y lucha contra el crimen organizado.  La historia demuestra que los despliegues militares, la presencia de efectivos del Ejército y la Armada de México, acompañados por la Policía Federal, no son el único componente de una solución integral. Ya sucedió en el pasado. No funcionó. Las condiciones del 2006 no agregaban componentes y agravantes hoy presentes, como las autodefensas y la composición de guardias civiles armadas para el control de rutas, caminos y entradas a poblados y municipios. Hay tantas armas en Michoacán, que bien podrían consolidar un pequeño ejército si se agruparán todas bajo un mismo cuerpo y comando.
 
 
El profundo desafío de este gobierno consiste en diseñar estrategias eficientes, transparentes y efectivas que rescaten a tantos municipios y a ese estado en lo general.  Los habitantes quieren eliminar al crimen organizado, desterrar a La Familia, a Los Templarios y todos los demás grupos que controlan zonas enteras de la entidad. Pero lo cierto es que esos grupos se han sofisticado en la extensa cobertura de sus delitos.  Al tráfico de drogas, la transportación de químicos para la producción de metanfetaminas y su propias producción, se agregan extorsión, secuestro, asesinatos, bloqueos, chantaje y corrupción de autoridades.
 
 
El crimen lo descompone todo. Inunda las calles, afecta los centros comerciales, la tranquilidad en los comercios, el sometimiento de policías y autoridades locales. De aquel “Michoacanazo” coordinado por Luisa María Calderón en mayo del 2009, 10 presidentes municipales detenidos y 20 funcionarios de diversas áreas de responsabilidad acusados de vínculos y nexos con el narco, ninguno fue encontrado culpable. De aquél entonces a estas fechas, la degradación ha continuado de forma imparable.
 
 
¡Vaya reto para Peña!, para Osorio,  para Mondragón,  para Vallejo y tantos otros que tendrán, por lo pronto, que restituir la paz y la tranquilidad a más de 10 municipios en grave tensión.
 
 
¿Y después? ¿Qué hacer con los talamontes, los extorsionadores, los sicarios, los soldados a sueldo de cada grupo y cada cártel? ¿Arrestan a todos? NO existen cárceles que den cabida a tanto malhechor, como tampoco ministerios ni expedientes que sustenten pruebas para mantenerlos en ellas.
 
 
Total desesperanza en Michoacán.