Opinión

LA ALDEA: Entre la expectativa y la realidad

05 septiembre 2013 5:10

 
 
Los mensajes presidenciales en los tiempos recientes, es decir, desde que el Congreso les cerró la puerta a los últimos dos presidentes (panistas) y ahora al del PRI, han pretendido recuperar aquella vieja mística de culto y devoción al Presidente.
 
 
Lo hizo Calderón en su momento y ahora Peña, con el profesionalismo, la pasión por los símbolos y el lenguaje de las formas que tanto gusta a la clase política mexicana.
 
 
El mensaje por sí sólo carece de profundidad significativa, no explica la difícil situación económica ni propone alternativas o soluciones para superarla. Es bastante vago en cuanto a la seguridad, pues no entra al detalle de la situación, sino que sólo asegura que han disminuido los  crímenes, otra afirmación cuestionable considerando que la realidad, no sustenta ni respalda lo señalado por el Presidente. Sin embargo lo fuerte del mensaje y su eje emocional se concentran en el espíritu reformista del gobierno y la promesa, casi garantía, de que lograremos conseguir esas reformas.
 
 
Esta prisa de Los Pinos por llegar al acto con la aprobación de la Ley de Servicio Profesional Docente en la Cámara de Diputados, una vez más la fuerza del momento y del símbolo político por encima de las necesidades específicas y reales del país, produjo el adéndum y las modificaciones que conocemos.
 
 
Reservado como datos personales los resultados de la evaluación; el Fondo de incentivos a la educación, que no es otra cosa más que el anuncio de dinero en cantidades importantes para los docentes; las evaluaciones repetidas (tres veces) y luego no hay sanción ninguna; y tal vez lo más delicada en aras de transformar verdaderamente el sistema, eliminar el otorgamiento de plazas a egresados de las escuelas normales.
 
 
El presidente felicitó a la Cámara de Diputados por la aprobación, enfatizó su compromiso reformista, pero la realidad es que la Ley que pasó, es débil, incompleta, edulcorada. Para unos se trata de una reforma “light”, cuyos efectos reales en la transformación del sistema educativo serán muy marginales y a más allá de tres años de distancia.  Para otros, se trata de un paso importante en la ruta de cambiar la educación.  La expectativa construida por el presidente y su gobierno –desde el mismo encarcelamiento de Elba Esther Gordillo– fue superior a la pieza legislativa real que pasó al Senado para su revisión.  Una trampa en la que se encuentran ahora los señores senadores, porque no les gusta cómo llegó, pero si la modifican tendrá que regresar a diputados y volver a ser votada o corregida: un riesgo que nadie quiere correr.
 
 
El desafío más grande, la energética, nuevamente por el tamaño de las expectativas construidas, puede bien encontrar un camino de punto medio entre la propuesta del Ingeniero Cárdenas y la del gobierno, pero que tal vez, se quedará igualmente lejos del propósito general.
 
 
El Presidente Peña recuperó –casi de emergencia- un sentido victorioso el pasado lunes, lo que le permitió el espacio y el margen suficiente para seguir construyendo proyectos y vender promesas. El problema de fondo radica en la distancia que existe entre las expectativas que sus propuestas, proyectos, reformas y promesas siembran entre la población, y la realidad de convertirlas en hechos concretos que beneficien a la mayoría. Lamentablemente el mismo sentido de triunfo con la Ley docente aprobada, se revierte como una expectativa incumplida.   “Qué bien la reforma, me dice un maestro de provincia el lunes por teléfono, y qué mal que la hayan descremado”.
 
 
Si las expectativas se siguen quedando lejos de las realidades, Enrique peña enfrentará problemas no sólo de prestigio y reputación, sino gradualmente de credibilidad, lo que dañará su gobierno en un plazo muy corto.
 
 
lkourchenko@elfinanciero.com.mx