Opinión

KRUGMAN: Desigualdad, cuestión crítica en EU

23 diciembre 2013 5:2

 
 
 Se ha llevado un tiempo increíblemente largo, pero la desigualad finalmente está emergiendo como un tema unificador importante para los progresistas de Estados Unidos, incluyendo al presidente. Y también, inevitablemente, hay una reacción violenta, o de hecho un par de reacciones.
 
 
Una viene de grupos como la organización Third Way. Josh Marshall, editor de Talking Points Memo, caracterizó mejor esa posición en un artículo reciente: “Eso capta mucho de lo que se trata ‘Third Way’: cierto tipo de retorno fosilizado a un periodo de finales del siglo XX cuando había un mercado para grupos que intentaban jalar a los demócratas ‘otra vez al centro y lejos del extremo ideológico’ en una era en que los demócratas son el partido verdaderamente no ideológico y tienen un historial bastante decente de ganar elecciones en las que vota la mayoría de la gente”.
 
También hay una reacción ideológica, con gente como Ezra Klein, columnista del Washington Post, sosteniendo que la desigualdad, aunque es un tema, no califica para ser descrita como “el reto definitorio de nuestro tiempo”. Esto, a su vez, provoca la ira de otros comentaristas. Bueno, no estoy enojado, pero sostendría que el Sr. Klein se ha equivocado en esto.
 
 
El caso a favor de que la desigualdad es un reto importante y efectivamente definitorio (y que es algo que debería estar en el centro de las inquietudes progresistas) descansa en múltiples pilares.
 
 
En conjunto, los motivos para enfocarse en la desigualdad son abrumadoramente convincentes, incluso si alguien ve con escepticismo argumentos particulares.
 
 
Permítanme establecer cuatro puntos.
 
 
Primero, en puros términos cuantitativos, la creciente desigualdad es lo que el vicepresidente Joe Biden llamaría un “Acuerdo Algo Grande”. Los datos sobre la participación en el ingreso muestran que la participación del 90 por ciento de abajo, excluyendo ganancias de capital, cayó de 54.7 por ciento en 2000 a 50.4 por ciento en 2012. Esto significa que el ingreso del 90 por ciento de hasta abajo es aproximadamente 8 por ciento más bajo de lo que hubiera sido si la desigualdad hubiera permanecido constante. Mientras tanto, las estimaciones de la brecha del producto (el grado en que nuestra economía está operando por debajo de su capacidad) son generalmente inferiores a 6 por ciento. Por tanto, en términos numéricos brutos, la creciente desigualdad ha hecho más que la crisis en lo que respecta a deprimir los ingresos de la clase media.
 
 
Alguien podría sostener que el daño hecho por el desempleo es mayor que la simple pérdida en ingresos, y yo estaría de acuerdo. No obstante, es difícil mirar este tipo de cálculos y descartar la desigualdad como cuestión secundaria.
 
 
En segundo lugar, hay argumentos razonables a favor de asignar a la creciente desigualdad parte de la culpa por la crisis económica. La mejor historia dice algo así: había altos ahorros del 1 por ciento, con la demanda sostenida solo por deuda rápidamente creciente entre los consumidores de bajos ingresos; y dado que este endeudamiento en sí mismo fue parcialmente motivado por la desigualdad, llevó a cascadas de gasto y así por el estilo. ¿Es un caso seguro? No, pero es grave, y refuerza el resto del argumento.
 
 
En tercer lugar está el aspecto de la economía política, en el que se puede sostener que las fallas de política, antes y (tal vez de forma más crucial) después de la crisis, fueron distorsionadas por la creciente desigualdad y por el correspondiente incremento en el poder político del 1 por ciento. Antes de la crisis, había un consenso de la élite a favor de la desregulación y financialización nunca justificado con la evidencia, pero alineado estrechamente con los intereses de una reducida aunque muy rica minoría. Después de la crisis, se presentó el repentino alejamiento de la creación de puestos de trabajo y acercamiento a la obsesión con los déficits; las encuestas de opinión sugieren que no era para nada lo que quería el votante promedio, pero que efectivamente reflejaba las prioridades de los ricos. Y la insistencia en la importancia de recortar los beneficios es abrumadoramente una cosa del 1 por ciento.
 
Finalmente, muy relacionada con esto, es la cuestión de qué es lo que los laboratorios de ideas progresistas deberían investigar. El Sr. Klein sugirió recientemente que “cómo combatir el desempleo” debería ser un tópico más central que “cómo reducir la desigualdad”. Pero esta es la cosa: sabemos cómo luchar contra el desempleo (no perfectamente, pero la buena macroeconomía básica ha funcionado muy bien desde 2008). No hay misterio económico respecto a nuestra lenta recuperación; es lo que pasa cuando reforzamos la política fiscal pese al desapalancamiento privado en momentos en que la política monetaria está limitada por el límite inferior cero. La pregunta es por qué nuestro sistema político ignoró todo lo que la macroeconomía ha aprendido, y la respuesta a esa cuestión, como lo he sugerido, tiene mucho que ver con la desigualdad.