Opinión

Kerrobuserario

 
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Oskar Groening. (AP)

Como las mujeres, Gil quiere empoderarse. Desde hace tiempo Gamés acariciaba un sueño: escribir en esta página del fondo el verbo empoderar. El que se empodere será un gran empoderador. Una vez empoderado, Gilga pasa a lo barrido.

El Senado aprobó ayer con 97 votos las reformas constitucionales que crean el Sistema Nacional Anticorrupción que pretende llevar adelante la política pública de combate a ese delito. Gil sufrió un escalofrío: ¿y si se corrompe el Sistema Nacional Anticorrupción? Es decir, no que los funcionarios se roben el dinero, o realicen desvíos que admiraría el español Rato, o que acepten casas de contratistas, en fon, Gilga se refiere a otras formas no tan visibles de la corrupción como la burocracia, el tortuguismo, la ineptitud.

Si esto ocurriera entonces podríamos crear con dinero público un observatorio de hombres y mujeres honestos y honestas que vigilen a los insobornables hombres y mujeres que integran el Sistema Anticorrupción, y así, hasta lograr la probidad, la decencia, el pudor y el recato.

Más temprano que tarde, ese día llegará. Gil se refiere a ese momento feliz en el cual los finlandeses, que la última vez que se robaron un alfiler ocurrió un escándalo nacional, digan esto: México es el segundo país con menos corrupción, sólo después de nosotros. Los mexicanos, dirían en un perfecto finés, no aceptan mordidas (mordida en finés se dice kerrobuserario).

Los mexicanos erradicaron el kerrobuserario hace muchos años, tiempo oscuro e incierto en el cual los contratistas de los gobiernos facilitaban las lujosas casas de los altos funcionarios. En esa época de tinieblas, dirían los finlandeses, los temibles jefes sindicales compraban con dinero público casas y departamentos en Estados Unidos, adquirían yates. Fue famoso el caso, diría este informe finlandés, de un hombre acaudalado que coleccionaba relojes de cien mil dólares la pieza.
Un día feliz, el kerrobuserario, base dolorosa de una parte de la vida mexicana, despareció. México se convirtió así en una próspera nación democrática.

La DEA en problemas

Un triste derivado del kerrobuserario ha caído sobre la nación más poderosa del mundo y ha repletado de vergüenza a todos los habitantes del imperio. No, no es China, sigue siendo Estados Unidos. Michele Leonhart, jefa de la agencia antidrogas DEA anunció su renuncia luego de un escándalo digno de la vida pública y privada de Reynosa, Tamaulipas. Leonhart no soportó la presión del Congreso, en especial 13 demócratas y nueve republicanos de la Cámara de Representantes.

Oigan esto: más de veinte agentes de la DEA y personal militar desplegados en Cartagena Colombia asistieron a orgías con prostitutas pagadas por el narcotráfico colombiano. ¿Cómo la ven? Sin albur.

Gil imagina el aquelarre. Las reuniones de El Niño Verde serían verdaderas fiestas infantiles comparadas, supone el envidioso Gil, con las de estos rufianes que matan a otros rufianes: churros colombianos, caspa del Diablo de la buena, no como la de aquí que es pura anfetamina, mujeres de concurso y a darle a la matraca. Los agentes y los militares, además, preparaban la visita del presidente Barack Obama a la Cumbre de las Américas en abril de 2012.

Así las casas (sí, en efecto, muletilla patrocinada por Grupo Higa), la señora Leonhart quedó desempleada y herida en su orgullo después de que los congresistas trapearon la Cámara de Representantes con su reputación. ¿Y todo por qué? Por la belleza y la pulsión, la tentación y el deseo. ¿Que hay en el centro de todo esto? Adivinaron: el kerrobuserario, o un desprendimiento de él. Los finlandeses mueren de pena ajena, agentes destacados en otro país dejándose corromper por un pedazo de carne, ¡qué tristeza! 

Banalidad del mal

Gil leyó la noticia en el periódico El Mundo con los pelos de punta. Oskar Gröning, oficial de la SS destinado al campo de exterminio de Auschwitz para llevar la contabilidad y las finanzas, reconoció a los 94 años su “culpabilidad moral”.

Gröning era el encargado de despojar de sus pertenencias a los prisioneros en cuanto ingresaban al campo. Les decía que todo les sería devuelto cuando abandonaran el campo. Abría las maletas, separaba el dinero y los objetos de valor y anotaba todo en los libros. Gröning dijo esto: “Alguien tenía que hacerlo”. A esto le llamó Hanna Arendt la banalidad del mal.

No hay frase en el ático.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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