Opinión

Katniss, heroína a la mano

A Priscilla Pomeroy.

Uno. Susanne Collins (quién seas), ¡mis respetos! En una época en la que la industria del espectáculo (otrora se le llamó industria de la conciencia) se solaza en la pedofilia y, en contrapartida, la vida anónima lo hace con el selfie, nos regalas a Katniss Everdeen.

Juanita de Arco.

Florence Nightingale mozuela.

Lizbeth Salender sin tatuajes ni piercings.

Aquí, camino al anticlímax de la edad adulta, el Bieber, la Cyrus, la Lorde, la Grande, los One Direction (Amy Winehouse ya es inmortal, como Lennon) y sus multitudinarios y escandalosos fans (que, en el fondo, sueñan que los ídolos se derrumben, se alcoholicen, mueran de una sobredosis de coca o al frente de un Porshe como el que papá funcionario menor obsequió de Navidad a hijo funcionario más menor).

Allá, Kitness, adolescente y épica, de armas mitológicas: arco, flechas y carcaj; sin perspectivas de posgrado o pos doc; casi africana (un poco más y mulata); sazonada en el hambre y la tiranía. Aunque cazadora consumada, medio franciscana con los animales. Sostén de una madre viuda medio bruja y de una hermana pequeña, niña de sus ojos. Acostumbrada al bosque y a la nocturnidad. Solidaria. Líder natural. Peligrosamente insumida (negras se las hubieran visto Mussolini, Hitler, Hiroito o franquito). Si viviera en la Cuba de los Castro, sería “blogera” y le retendrían el pasaporte.

Dos. ¿Cómo trabajas, E. Collins? ¿Armas un programa de PC, fusión de otros? Tanto de inocencia. Tanto de mitología griega. Tanto de Orwell y su Big Brother. Tanto de literatura del corazón. Tanto de Superman y demás superhéroes. Tanto de la serie televisa Friends. ¿Así? El proceso de escritura electrónica, podría jurarlo, al que Umberto Eco sometió al El nombre de la rosa. Tanto de crónica de abadías y monasterios. Tanto de bibliofilia. Tanto de Borgesmanía.

¿Sigues el paso de los neo arquitectos, los starquitects y sus dosis computarizadas y aplicables de estilos arquitectónicos? Primitivo, clásico, medieval, renacentista, neoclásico, romántico, moderno, vanguardista, funcionalista, contemporáneo. Sin que falten los estilos arquitectónicos nacionalistas: victoriano en Inglaterra, colonial y neocolonial en México. Sin olvidar, si es el caso (depende del cliente) ni el bohío caribeño ni la troje michoacana?

¿De ésta suerte trabajas?

Tres. Junto con "Hobbit", "El señor de los anillos" y el neo rock de vampiros juveniles, "Los juegos del hambre" se alza como el más evidente triunfo de la literatura infantil y juvenil sobre la (digamos) adulta. Hoy por hoy bastante adulterada.

En un presente arcaico y al mismo tiempo apocalíptico existe un país tiránico y policía: Panem; una capital imperial: el Capitolio; 12 distritos sojuzgados y uno del todo destruido (eso se cree); y una ideología oficial mezcla de memoria triunfalista, venganza y humillación.

Memoria permanente de la fracasada rebelión popular; venganza del poder; romántica pero infructuosamente puesto en vilo; humillación de conmemoraciones que celebran, con ritos de sufrimiento y de sangre, la derrota de la rebelión contra el Capitolio. A la cabeza de tan aberrantes celebraciones, "Los juegos del hambre". Justa, no del deporte o de la inteligencia, sino del instinto de sobrevivir matando. Hasta que quede un solo vencedor. Todo esto en reallity show de transmisión a todo Panem y sintonía obligada so pena de latigazos.

Inaugura los juegos, desde hace 25 años, un sátrapa, el presidente Snow, que une el aroma a rosas de la flor en el ojal con el hedor a sangre de su aliento. Afortunada, perturbadora imagen.

Cuatro. Cada uno de los 12 distritos, con trabajos forzados y por ramas (textil, manufacturera, agrícola, minera, etcétera), contribuye al certamen con dos jugadores, jóvenes, hombre y mujer. El Capitolio, especie de super Televisa, monta en un estadio el escenario del combate a muerte: desierto, pantano, selva, archipiélago. Se admiten firmas patrocinadoras. Medallero, como se dice, ya lo avancé, de un solo vencedor. Regla que Kitness rompe. Y eso no es nada.

Los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias del torneo los narra (lectura adicta en verdad) Collins en tres tomos seriados, que se venden como pan caliente. Que han merecido la traducción en 30 idiomas. Y a los que ya les echó el ojo (“¿A poco no?”, como dice el presidente del PAN) el cine.

Cinco. Pues bien: al mundo criminal, policial, tiránico, venezolano, fascista, dictatorial, opresivo, televisivo, mediático hasta decir basta, de Panem, lo hace trizas una joven casi niña, huérfana de un padre minero muerto como si hubiera trabajado en Pasta de Conchos, que le enseñó a cazar, a pescar, a distinguir flora y fauna de Natura.

Y que, como era de esperarse, también rompe jóvenes corazones masculinos. Pero no sólo de jóvenes, también del lector, independientemente de la edad.

En el cine, encarna a la heroína de "Los juegos del hambre" Jennifer Lawrence.

Gringuita. La verdad, en la vida real, sin mucho chiste.

Pero que, como Katniss Everdeen y otros papeles, no menos exitosos, aportó a Hollywood, durante 2014, sus máximas ganancias.

Nadie sabe para quién trabaja.