Opinión

Juventud, desempleo y migración: ¿generaciones perdidas o aún no?

Temas recurrentes en los diarios y sobre los problemas sociales en México se asocian con la población infantil y joven en México: bullying, desempleo (particularmente de profesionistas), violencia juvenil al grado de tener adolescentes sicarios, y otros menos divulgados pero igual de importantes como disfunción o violencia familiar.

El llamado bono demográfico que tanto aplaudíamos como una oportunidad en México hace algunos años parece que la hemos desaprovechado; recuperar a esas generaciones jóvenes no será sencillo, particularmente con el escenario actual que enfrentan. Según datos de la OCDE, la tasa de desocupación en México es la cuarta más baja de los países miembro, rondando 5.0 por ciento. Sin embargo, habría que decir que esta cifra se debe al alto nivel de empleo que el sector informal provee.

De la tasa de 5.0 por ciento de desocupación en México para 2013, el 1.9 por ciento lo representan personas con estudios de nivel medio superior y superior; o bien las personas con estos niveles de estudio que logran encontrar un empleo es, por lo general, con remuneraciones bajas. Esto crea un problema no de corto sino de mediano plazo, el cual está basado en las expectativas que los jóvenes tienen en estudiar cualquier licenciatura o posgrado, frente a la posibilidad de incorporarse al sector laboral informal o, en el peor de los caso, al delictivo. La disyuntiva se basa en que estos últimos dos sectores, particularmente el delictivo, les ofrecerá cubrir necesidades materiales individuales y familiares, aunque esto sea efímero, frente a un sector formal que precariamente le ofrece incentivos económicos y profesionales.

En los últimos años una de las válvulas de escape para estás generaciones con pocas oportunidades en el país había sido la migración. Empero, a partir de la crisis de 2008, el flujo, principalmente hacia Estados Unidos, ha sido cada vez más complicado. Esto sigue agravando el problema porque ahora, si no es en la frontera norte del país, es en ciudades donde las oleadas de migración juvenil se convierten en parte de una reserva de mano de obra que, si no la absorbe el sector formal, lo hará el informal. Esto sin mencionar las vejaciones que sufren no sólo los migrantes jóvenes sino cualquier migrante. Baste con mencionar casos alarmantes de mujeres que son violadas u obligadas a prostituirse.

Solucionar este escenario tan complejo para las generaciones más jóvenes no es sencillo, ya que si bien no hemos perdido, sí hemos descuidado a mucho a los jóvenes, inmersos en un escenario con poco crecimiento económico, que ha caracterizado al sistema de libre mercado, bajas expectativas de movilidad social y escenarios crecientes de violencia. Pareciera que la solución es sencilla, al menos en palabras, pues es generar un sentimiento de pertenencia en los jóvenes, es decir, que éstos sientan que son parte de una sociedad que sirve como base para el crecimiento individual y que los haga sentir dispuestos a que ese crecimiento redunde en desarrollo social. Pero este sentido de pertenencia no se forma con demagogia, paliativos o asistencialismo. Se crea al garantizar condiciones de vida básicas que sirvan como garantes de una calidad de vida que dinamice la creatividad de los individuos. Por supuesto que estas condiciones, al menos empíricamente, parece que el mercado es incapaz de proveerlas, dado que en esa libre competencia parece que las dotaciones iniciales de cada individuo lo condenan.

De tal suerte que, si queremos recuperar a las generaciones que hemos perdido y forjar una juventud comprometida con la sociedad y el desarrollo de la misma, debe cambiarse la lógica de mercado donde simplemente hay que producir según las reglas de la oferta y la demanda, incluyendo profesionistas. El sistema educativo debe recuperar el sentido humano de la ciencia, incluyendo a las llamadas ciencias exactas, por supuesto sin perder rigor. Ciencias como la filosofía y arte no pueden quedar excluidos de un sistema educativo más humano. Por su parte, el sistema económico, a través de una definida política económica, debe integrar a estos profesionistas a un aparato productivo más cohesionado en el cual sea la innovación científica y tecnológica la que caracterice a los procesos productivos, y no la flexibilización laboral.

Así, la reintegración y recuperación de los jóvenes a una sociedad debe ser a través de generar en ellos expectativas no ficticias de una sociedad que no sea caracterizada por la desigualdad económica actual. Seguir reproduciendo este modelo es seguir no sólo desaprovechando bonos demográficos, sino dejar en el ostracismo vidas humanas, lo que no puede conducir a otra cosa que no sea el caos social, en el cual hemos perdido ya muchas vidas, tanto literal como metafóricamente.

El autor es catedrático de la Facultad de Economía de la UNAM.

Correo: semerena@unam.mx