Opinión

Justa medida

    
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El Estadio Olímpico es uno de los principales centros de acopio de la UNAM. (Cuartoscuro)

La abundante solidaridad, sin coordinación adecuada, ha dado como resultado albergues sin personas suficientes y otros saturados; centros de acopio llenos, mientras otros están vacíos; abundancia de voluntarios con mucho ánimo y poco conocimiento, que con toda facilidad desestiman indicaciones de quienes sí saben de rescates. Peor, enfrentamientos verbales entre ambos grupos, e incluso físicos en contra de autoridades que se presentan en sitios en donde su presencia es requerida. Si no van, se les acusa de desidia, pero cuando van son insultados e incluso golpeados.

Hay de todo en este proceso: buena fe a raudales, voluntarismo, pero también vivales, abusadores, aprovechamiento político, desconfianza. Y hay muchas emociones involucradas, que no han podido procesarse aún: tristeza, ira, desesperanza. Hay incluso quienes promueven amparos para evitar que se pase a la segunda etapa de reconstrucción, cuando ya no hay posibilidad de rescatar a alguien con vida. Pensarán que ayudan, tal vez.

Pensar ordenadamente es algo muy difícil, y cuando las emociones prevalecen es imposible. Frente a un gobierno del que se desconfía, se cree que la ciudadanía por sí misma puede resolver la emergencia. Es curioso que gran cantidad de quienes creen esto son los mismos que, en condiciones normales, suponen que el gobierno es preferible y desconfían del funcionamiento del mercado. También llama la atención que muchos que creemos que el mercado asigna mejor los recursos, en condiciones de emergencia pensamos que el gobierno debe intervenir de forma más activa. Insistiría en que la coordinación es un elemento de la mayor importancia, que no se sustituye con toda la voluntad y solidaridad del mundo. Sé que, en las condiciones actuales, habrá muchos que se molesten con esta afirmación, precisamente porque las emociones los desbordan. La proliferación de información falsa, e incluso dolosa, en los últimos días, ha tenido impacto en el rescate, que avanza más lento, desperdicia energías en conflictos, o satura rutas. Los intentos de robo y fraude no han sido pocos. La incapacidad de diversos niveles de gobierno, no sólo para coordinar, sino también para informar, ha complicado aún más las cosas.

El gran corazón de los mexicanos no merece tan poca cabeza. En eso se nos va la vida, en trabajar mucho para producir poco; en grandes brotes de solidaridad que poco a poco se apagan, dejando sólo esas emociones mal procesadas, que se convierten en resentimiento, abandono, incapacidad organizativa. Al final, sólo queda el grito: ¡todos son iguales! Los dos terremotos que sufrimos en septiembre fueron muy importantes. Aunque el del 19 de septiembre haya sido de menor magnitud en el epicentro que el de 1985, su impacto en Ciudad de México fue mayor que aquél. El del 7 de septiembre es el mayor en un siglo, me parece. Aunque el costo en vidas humanas es notoriamente menor al de hace 32 años, los daños físicos son importantes. Miles de edificios en Ciudad de México, y un tanto igual en las demás entidades, además de carreteras y otra infraestructura, van a requerir años para su recuperación. Miles de familias no podrán recuperar lo que tenían. Ahora que la primera etapa está terminando, lo que sigue también requiere solidaridad y, sin duda, permite mayor coordinación. Ya no hay que llevar víveres, agua o medicinas con urgencia, con casco y chaleco de rescatista y la sensación romántica de ser útil. Ahora hay que aportar dinero, facilitar la reconstrucción, aminorar el sufrimiento de los damnificados, y hay que hacerlo por meses y años, y eso es cansado. Los gobiernos deben mostrar mucha más capacidad que la vista hasta hoy. Los demás, una mesura que no acostumbramos. No supimos identificar los rumores, intentemos percibir la demagogia. Menos corazón y más cabeza.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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