Opinión

Jueces implacables

   
1
   

    

Culpa

Fallaremos una y otra vez intentando domesticar las dinámicas impredecibles y no lineales del corazón humano. Toparemos con pared cada que intentemos que la voz de nuestra conciencia nos diga con toda claridad de qué lado viven los buenos y de qué lado se acomodan los malos. Pero lo peor es que atormentaremos el alma para intentar intimidarla y poder, por fin, asfixiar todo deseo que parezca peligroso o una transgresión para las formas sociales.

Todo el tiempo y en todas partes alguien se atreve a lo prohibido. Y tiene miedo de ser descubierto, aunque el castigo más grande vendrá de dentro: pensará que es una mala persona, un traidor o un pecador si ha tenido una formación religiosa. Y convertirá a su conciencia en el verdugo más cruel.

Una mujer se enamora de dos hombres y satisface su deseo en lugares diferentes: en uno encuentra solvencia intelectual, sofisticación y protección. En el otro una pasión salvaje y un compañero para la exploración de la parte menos estructurada y rígida de sí misma. Siente que enloquece. No debería sentir lo que siente. La lógica no le da ninguna explicación que calme su ansiedad y sus contradicciones. Se maltrata a todas horas por haber cedido a la tentación.

En la visión freudiana somos, por encima de todas las cosas, animales ambivalentes: ahí donde sentimos amor también experimentamos odio, y el lugar del odio se convierte también en el del amor. La satisfacción se vuelve frustración y lo frustrante es la promesa velada de la satisfacción. Si nos observamos cuidadosamente sabremos que somos, también para nosotros mismos, una fuente de frustración.

La valoración realista de la naturaleza imperfecta de las cosas es un camino para encontrar tranquilidad frente a todo lo que no sabemos responder. Aceptar que ahí donde existe un objeto de deseo vivirá también la ambivalencia, sólo es posible para una mente menos simple, menos rígida y más capacitada para aceptar las contradicciones.

Cargamos de significados terribles a algunas palabras, olvidando sus límites para describir la experiencia verdadera. Odio, amor, error, locura, pasión, deseo. Mezcladas se convierten en un brebaje sadomasoquista que nos impide aceptar quienes somos. Si nos juzgamos tan duramente no podremos querernos; si sólo valemos la pena siendo perfectamente buenos, rectos, conscientes e impecables, seremos nada al equivocarnos.

La mujer que ama a dos hombres es incapaz de sentir amor por sí misma porque cree que ya no es buena. Porque ha sido capaz de mentir sistemáticamente. Porque su corazón está fragmentado y se castiga todos los días. No se da cuenta de que su parte más crítica tiene deficiencias. El juez que vive dentro de ella es repetitivo, cruel e intimidante. Obsceno, le llamó Lacan. La mujer se acusa siempre de las mismas dos o tres cosas. Su conciencia es reiterativa y punitiva.
Sabe poco acerca de sí misma y de lo que le está pasando. Sólo puede juzgarse; no puede verse plenamente; su conciencia dura, rígida y moralista, oscurece el autoconocimiento.

Si lo único que somos capaces de decir respecto de la naturaleza humana es que se divide en blanco o negro, bueno y malo, moral e inmoral, tendremos descripciones limitadas que dejan de lado la siguiente realidad: nadie es mejor que el “pecador” al que está dispuesto a castigar. Nadie tendría que ser impecable para atreverse a mirar adentro sin autodestruirse.

Integrar todos los sentimientos que habitan al mismo tiempo dentro de nosotros abre la puerta a las muchas explicaciones que puede tener un solo hecho del drama humano.

Hemos subestimado el poder que nuestras restricciones tienen, no para volvernos mejores personas, sino para volvernos más restrictivos, jueces implacables; nuestros peores enemigos. Es estéril utilizar una sola metáfora si queremos aumentar la comprensión profunda de uno mismo y de los otros.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar:
Todo puede salir mal
Solitarios crónicos
La locura tiene mucho de inexplicable