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08/06/2018

Es el nombre de la obra de teatro que protagoniza con éxito Diego Luna. Se trata de una pieza por demás interesante. Luna y su elenco nos llevan a un viaje por el que vuelan nuestros datos en la red, en la nube. La facilidad con que caemos en dejar nuestros gustos y referencias en cualquier sitio, en cualquier lugar de la web sin tener en cuenta hasta dónde llegan y quién hará uso de todas nuestras huellas y rastros que dejamos en nuestro afán de estar “conectados”.

La pérdida de identidad, el miedo a la soledad, las ganas de estar para ser, de identificarse con alguien, de seguirlo, de saber sus actividades, la pérdida de intimidad. Luna y compañía nos hacen un recuento de nuestro encarcelamiento en el presidio de la tecnología: la cita, la foto, el like, el comentario, la selfie, la triste certeza de que somos lo que posteamos.

El creciente, casi absoluto, lugar que juega la tecnología en nuestras vidas nos ha puesto de cabeza sin que nos demos cuenta. Asistimos al desalojo de nosotros mismos sin siquiera percatarnos. La conversación personal como algo caduco, la interacción como si fuera un reto formidable, difícil de cumplir, nuestra vida atrás de la pantalla exportada a quién sabe dónde. El gusto por el reconocimiento de amigos y desconocidos: que no somos tan feos, que no somos tan tontos, que no somos tan aburridos, que no somos tan mojigatos, que podemos ser acosados y acosadores, que nuestras actividades les importan a alguien más que a nosotros, aunque sea gente que sepa solamente lo elemental que uno se atrevió a poner en su perfil;que creemos que somos alguien porque otros nos ven y se asoman a lo que ponemos aunque sea para matar el aburrimiento. Bien dice Leonidas Donskis en un su trabajo con Zygmunt Bauman (Ceguera Moral, ed. Paidós), que “en un mundo en el que se busca desesperadamente llamar la atención, la indiferencia es un fracaso”.

Privacidad es una obra en la que no está exento el humor y la improvisación, hay momentos francamente divertidos, la participación del público en determinada parte de la obra resulta una entretenida provocación. Pero es sobre todo una advertencia sobre lo que hacemos, subraya nuestra inocencia o ignorancia al dejar nuestra información bien empaquetada a disposición de grandes almacenadores de datos y de agencias de inteligencia. Porque no hay que olvidar que les facilitamos enormemente la tarea a quienes tienen la labor de vigilancia, nuestras redes dan más información de la que normalmente sacaría un espía contratado. Bauman, que vivió la era soviética, dice: “la vigilancia a través de las redes sociales es mucho más eficaz gracias a la cooperación de sus víctimas. Vivimos en una sociedad confesional que fomenta la auto exposición como la prueba de existencia primordial”.

En fin, que si usted tiene tiempo, vaya al teatro a ver a Luna y su Privacidad, no se va a arrepentir, quizá constate lo que dice Donskis: “Todos estos aspectos de la modernidad con su creciente obsesión por controlar nuestras actividades públicas (…) nos permiten asumir que la privacidad ha muerto en nuestros días”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.