Predebate
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21/05/2018

Escribo este texto unas horas antes del debate, así que ignoro el resultado, pero quisiera señalar algunas características de quienes participaron en el segundo debate presidencial.

Si bien es cierto que el primer debate no cambió sustancialmente el estado de la competencia electoral, sí profundizó el ánimo de la contienda presidencial. Es cierto que son estilos muy distintos los que estuvieron en la escena el día de ayer. Lo primero que hay que señalar es que Meade y Anaya tenían una oportunidad más por la ausencia de Margarita. A menor número de participantes, mayores las oportunidades de quienes están en la parte final. De hecho, pienso que en los debates de ese tipo de competencia electoral debiera existir algún tipo de reglamentación para que los participantes que asisten tuviesen un mínimo de puntos de apoyo en las encuestas.

Es indudable que el que mejor califica en este tipo de eventos es el frentista Ricardo Anaya. Ya comenté aquí hace unos días sus virtudes en la retórica ('¿Dónde está Ricardo?', EL FINANCIERO 09/05/18). Es un polemista realmente notable, un hombre de inteligencia estructurada, que construye muy bien sus respuestas y, aun con esa enorme capacidad para improvisar, es un hecho que se entrena a fondo. En el primer debate fue evidente la manera en que aprovechó cada segundo de sus intervenciones. Su problema es que es un robot, un hombre que no transmite empatía, sentimientos. Su frialdad genera desconfianza y distancia. Jorge Volpi publicó hace un par de días ('El Hablador', Reforma 19/05/18) un texto en el que señala también el don natural de Anaya con su vuelta de ser alguien que usa las palabras para esconderse y mostrarse: “Enamorado de su propia voz, el verdadero Anaya nunca aparece: cuida tanto cada adjetivo y cada verbo, y se engolosina tanto con su ingenio, que los electores no acaban de tener una idea cabal de quién es o de cuáles son sus intenciones. No deja de resultar sorprendente que el candidato que más y mejor habla sea el gran desconocido de la contienda”.

El caso de Meade, aunque es de un perfil técnico similar al de Anaya, ha dado pasos claros hacia tener más tono y fuerza en sus presentaciones. Aunque su problema puede ser que todo lo convierte en una comparación numérica para que nadie le gane, bien sabe que mucho de lo que sigue dependía de su actuación el día de ayer. Uno de sus retos más difíciles ha sido el de poder sacar jugo a su honestidad y preparación, con la pestilencia que emana y el rechazo que genera el partido que representa.

López Obrador tiene en este tipo de eventos una de sus más grandes debilidades. Se mueve con torpeza, le irrita de sobremanera no tener el control de la situación. Además, su lentitud en el hablar y su incapacidad para construir gramaticalmente frases son más evidentes frente a personas como Anaya o Meade, que encuentran en la exposición sólidas fortalezas.

Finalmente está El Bronco, cuyas barbaridades y chistoretes seguramente se estarán comentando hoy. Este candidato hará de las ocurrencias su caballo de batalla y de la agresión a los demás (políticos, periodistas…) una de sus banderas.

En fin, que este texto fue un ejercicio antes del debate, a la hora que el lector lo tenga a la vista seguramente encontrará en estas letras algo que apoye su opinión por lo sucedido en el debate de ayer.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.