La guerra contra los 'fifí'
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La guerra contra los 'fifí'

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La guerra contra los 'fifí'

11/07/2018
Actualización 11/07/2018 - 12:11

En su novela Diario de la guerra del cerdo, Adolfo Bioy Casares narra cómo en una comunidad los ancianos se vuelven víctimas de los jóvenes que la han emprendido con violencia contra ellos. Un viejo que vende periódicos es arrinconado en un callejón y molido a golpes; cuando algunos de sus amigos lo distinguen, no les queda más que pasar de largo apresurados por otros ciudadanos que les dicen que se salven. Un anciano espera el cambio de luz en el semáforo, el joven que se encuentra con su coche atrás de él se desespera por la lentitud del viejo y lo mata. Obtiene la libertad inmediatamente. Los viejos ya no pueden caminar por las calles; salir a dar una vuelta es una imprudencia, pues son víctimas de actos vandálicos y hasta de asesinatos. La arrogancia de la juventud se impone a la debilidad de la vejez. Los viejos se esconden, no abren la puerta, saben que los metieron en una guerra.

Como toda guerra, comienza con cierta retórica que puede ser contagiosa. En el caso de la novela de Bioy, los atacantes están cansados de las torpezas de los viejos, de sus olvidos, de que generaron ellos la mala situación en que viven ahora y de que estorban a las nuevas generaciones. No me parece necesario recordar ejemplos por todos conocidos y que no son de ficción.

Toda proporción guardada con la ficción del genial Bioy Casares, AMLO y su gente han iniciado su guerra y han definido a su primer enemigo: los fifís. ¿Quiénes son los fifís? Por el momento se acomodan en ciertos medios de comunicación –particularmente en Reforma, que ha sido denominada por el líder máximo como prensa fifí–; es gente con estudios en el extranjero, la mayoría de ellos; por alguna razón no participan en partidos políticos, pero optaron por la trinchera de los medios de comunicación. En los últimos años han formado organizaciones civiles que pretenden supervisar las labores del gobierno y denunciar desvíos y corrupciones.

Es cierto que estos 'oenegeros' fifís se las dan de muy sabelotodo, creen que son los únicos que saben qué es lo que deben hacer; llegaron a tener comportamientos insolentes con secretarios y otras autoridades, y querían gobernar sin tener votos (ciertamente un problema). Por supuesto, estas asociaciones civiles eran –o son, por lo menos hasta el momento– financiadas por empresarios. Se pueden presumir muchas cosas sobre las intenciones de unos y otros, pero no podemos negar que eran un contrapeso y que obedecieron a una terrible inoperancia gubernamental. Los voceros oficiosos de AMLO –con permiso, pero sin cargo– han dejado en claro que las ONG fifís no son la parte toral de la sociedad civil, que esas asociaciones trabajan para empresarios y que los empresarios quieren, por ejemplo, nombrar al fiscal, lo que sería contraproducente, pues sería entregar la fiscalía “a los adversarios” de López Obrador. En el señalamiento de estas asociaciones por parte de los pejistas, destacan académicos y hasta quienes ocuparán puestos de altísimo nivel –quienes dan el banderazo para la estigmatización.

Se entiende que habrá nuevas ONG a las que el gobierno les hará más caso que a las anteriores; se entiende que el gobierno quiera hablar con gente diferente a la que operaba de otra manera con otros gobiernos; se entiende que hagan valer el cheque en blanco que le dio el electorado a Andrés Manuel; se entiende que no van a tener oposición, pero lo pertinente es preguntarse si hay que eliminar todo, si hay que acabar con lo hecho y si la manera de hacerlo es desaparecer a los otros, a los que piensan diferente, a los que ven el mundo de otra manera. ¿Es necesario acabar con los fifís? ¿La cuarta transformación consiste en la desaparición del otro, en la imposibilidad de trabajar porque amedrenten a los donantes? ¿O pasará necesariamente por la conversión de los fifí a la religión chaira? No son buenas señales.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.