El futbolista y el españolete
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El futbolista y el españolete

12/09/2018

Para quienes todavía no saben qué tipo de trato pueden dispensar los líderes de la llamada cuarta transformación, vale la pena traer a colación la última burrada de la señora Yeidckol Polenvsky –también conocida como Citlali Ibáñez en sus años de oscuro y desconocido anonimato–. Todos sabemos que lo único que no se le puede negar a la señora Yeidckol es su lealtad inquebrantable a López Obrador. Ella ha estado ahí estoica ante la adversidad. No importa que de pronto la ninguneen, la excluyan, la escondan de las decisiones importantes, o que usen sus cuentas bancarias para hacer operaciones de lavado de dinero. Ella sabe que con el jefe, callar y obedecer es la única receta para el reconocimiento, para obtener una encomienda, para estar cerca de su “corazoncito”. Fuera de eso, todos sabemos que Polenvsky es de una torpeza casi inaudita en las altas esferas de la política –quizá solamente comparada con la de Gustavo Madero–; su comportamiento porril se asemeja más al de un diputado del llamado Bronx, que a quien preside un partido.

Hinchada de triunfo, la señora no puede reconocer otra cosa que no sea sumisión a su líder máximo y a su movimiento triunfador en las elecciones. Convencidos de su vocación de aplanadora son incapaces de reconocer el triunfo ajeno, el logro de cualquier otro. Y es entonces cuando viene el sentimiento de revancha, el desprecio como herramienta de defensa, la descalificación como argumento político, sin importar si se trata de descalificar una profesión o el lugar de nacimiento de una persona. Como se sabe, la señora Polevnsky se refirió a Cuauhtémoc Blanco como “el futbolista” y al más cercano colaborador de Blanco, como “el españolete este”.

Lo primero que hay que decir es que la señora se refirió así sobre un gobernador electo. Cuauhtémoc Blanco es tan gobernador electo de Morelos como Andrés Manuel presidente electo del país. Que quien fuera un talentoso futbolista sea ahora gobernador de una importante entidad del país es ciertamente una novedad, pero no son la señora Yeidckol y su partido quienes pueden criticar las profesiones anteriores de los demás.

En sus candidatos hubo un stripper, un líder sindical acusado de corrupción y que huyó del país, priistas de dudosa reputación y probidad, como Bartlett (un hombre que no puede viajar a Estados Unidos por las sospechas de su participación en crímenes) y una fauna de lo más variada. Cuauhtémoc no tiene problemas para viajar ni para salir de su casa, la gente lo quiere, le pide fotos y por lo menos le reconoce algo de lo hecho en su vida a favor del país, cosa que no se puede decir de Polevnsky ni sus compañeros en general.

El otro asunto me parece más grave porque viene cargado de xenofobia, a la que es tan afecta un sector de la población que apoya decididamente a AMLO en las redes sociales y al que cariñosamente se le denomina “la chairiza”. La señora adoptó nombre y apellido extranjero por voluntad propia y renunció a su mexicanísimo Citlali por el polaco Yeidckol. Debiera por tanto ser la primera en respetar los orígenes de los demás. Pero quizá es mucho pedirle a una mente cerril. Hay en Morena una sistemática sospecha sobre lo extranjero. Es de esperarse que eso no se vuelva política pública de la mano con un nacionalismo trasnochado que también se asoma en esta nueva época.

“El futbolista” y “el españolete”, se suman al “fifí”, “los pirruris”, “los blanquitos”. Todos estos no son más que calificativos para dividir y para estigmatizar al diferente. Ojalá que pronto se den cuenta de que van a gobernar un país y que todos sus dichos tendrán una repercusión, incluso en el ámbito internacional. Por otro lado, ya se puede ver el trato a quien no piensa como ellos: el desprecio y la descalificación.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.