De cómo si el presidente gana, no necesariamente gana México
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De cómo si el presidente gana, no necesariamente gana México

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De cómo si el presidente gana, no necesariamente gana México

05/12/2018
Actualización 05/12/2018 - 11:24

El lunes pasado en este espacio mencioné que la frase de “si le va bien al presidente, le va bien a México”, es más bien lambiscona, falsa y que el propio discurso del sábado en el Congreso por parte del presidente López Obrador descalificaba la expresión.

Como muchas de las cosas en nuestra política, también está hecha de frases. Esta tiene que ver con el cambio de gobernante y es una expresión muy de político que acaba de perder y que infiere que no regateará apoyo al presidente, pues su bien es el de todos (lo que indica la posibilidad del presidente sirve a todos). Es una más de las formas de quedar bien o de no quedar mal –que no es lo mismo–. Dicha en un escenario en que el presidente tiene que negociar con las fuerzas de oposición, quizá dijera algo: una invitación al consenso, una disposición al diálogo. Como no es el escenario que hay en el país, la frase queda hueca y es una más de las múltiples formas que nos encantan a los mexicanos para tratar de “quedar bien”.

Lo que ha pasado con el NAIM es un ejemplo muy claro de que al presidente le puede ir bien y a México no. El presidente, según ha mostrado en su actitud, discursos e imágenes, quiso dar una muestra de fuerza, mandar una señal clara de que él tiene el poder (el libro Quién manda aquí, aparecía visiblemente en uno de sus videos) en el país y que no está dispuesto a que se le esté regateando el mando (lo cual hay que concederle). Qué mejor que una señal al neoliberalismo (al que le dedicó extensos párrafos de condena en su toma de posesión) y sus integrantes: economistas, financieros, clase política de centro-derecha, creyentes de la economía liberal, así como tentar a los mercados y demostrar “que no pasa nada”. Armó su consulta, ganó la opción que él quería: cancelar la obra del aeropuerto en Texcoco.

De esa manera, el presidente mandó su señal. Si alguien dudaba de que fuera capaz de hacer lo que dice, cumplir lo que promete, pudo disipar la duda. Si alguien pensaba que matizaría, que ponderaría sus dichos y decisiones por ser presidente electo y ya no candidato, pues se equivocó. A los empresarios les dijo que les respetaría sus contratos, lo invertido, que se les darían otras obras, que no había de qué preocuparse. A quienes creen en la necesidad de otro aeropuerto internacional, les dijo que abrirá unas pistas donde le recomendaron que no era ideal. Pero bueno, si ya decidió cancelar una obra, también demostrará dónde quiere la nueva. Nomás faltaba.

En su primer día de gobierno se ordenó continuar con las obras, pues el gobierno tiene que hacer un gasto de decenas de miles de millones de pesos a los poseedores de bonos del NAIM. Esto es un gasto derivado de la decisión de cancelar la obra. Que no pasa nada, pues no, pero hay que pagar. ¿Y cómo se va a pagar? Pues con dinero de los mexicanos que se supone se iba a usar en otro tipo de tareas: infraestructura, programas sociales, etcétera. Pero, pues habrá que pagar a los que tienen los bonos para que no salga más cara la decisión.

Todos sabemos que el presidente López Obrador no tiene ningún apego por el dinero, no le importa. El problema es que ya es presidente y el dinero que le debe de importar es el de todos los mexicanos, pero tampoco parece interesarle.

Es claro que al presidente le fue bien: consolidó el poder con los suyos, mandó la señal a donde quería, hizo la consulta que ofreció, canceló la obra como lo prometió y asustó a quien quiso. Le fue bien a él pero a México no le fue nada bien: se quedó sin aeropuerto, tiene que pagar miles de millones de pesos y se quedará con una obra al 37 por ciento, que a nadie le servirá.

Ya no hay que citar la frasecita por favor.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.