Esperanza sin fin
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Esperanza sin fin

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Esperanza sin fin

07/12/2018

Al ciudadano común, al menos medianamente interesado en lo que ocurre en política, se le quedan grabados en la memoria por distintas razones y circunstancias las fechas en que ocurre un cambio de presidente de la República. En particular cuando se trata de relevos en el Ejecutivo que son esperados por la gente con un sentimiento que va entre la ansiedad y la esperanza.

Imposible, al menos para los de mi generación, no tener presente el relevo que tuvo lugar aquel 1 de diciembre de 1970. Se tenía la generalizada impresión, sin saber a ciencia cierta por qué o cómo, que terminaba una etapa en la que se habían visto las cosas con más o menos cierto optimismo. Y existía sin duda razón para ello. Durante poco más de dos décadas el país había registrado en lo económico una muy aceptable tasa de crecimiento, de alrededor del seis por ciento anual (que hoy nos parece una ilusión), con notable estabilidad en el sistema de precios y en el tipo de cambio, y un relativamente aceptable reparto social de los beneficios de ese singular crecimiento económico.

En fin, autores extranjeros hablaban y escribían sobre lo que les dio en llamar “el milagro mexicano”, la etapa histórica que va de 1954 a 1970, más o menos. Pero ya en el ambiente se percibía que algo había dejado de funcionar. El modelo estaba por agotarse. Unos lo llamaron el del “crecimiento estabilizador”. Otros lo conocieron como el “nacionalismo revolucionario”.

La matanza de estudiantes del 2 de octubre del 68, la brutal represión de disidentes, los fraudes electorales ya notoriamente burdos para favorecer al partido hegemónico, como el que tuvo lugar ese mismo año de 1968 en la elección para gobernador de Baja California y un año después en Yucatán, de un extremo a otro del país, en muchos alentó la idea de que con la salida del sanguinario Díaz Ordaz y la llegada de Luis Echeverría las cosas cambiarían milagrosamente.

Gran desengaño. El nuevo tlatoani resultó un gran demagogo, populista contumaz que hizo del país un desastre completo. A la mitad de su periodo, ante el enloquecido presidente, la gente lo que quería era que ya se fuera. Duró sin embargo todo el sexenio. Se perfiló para sucederlo un locuaz carismático –así se le veía- en quien no pocos vieron el salvador de la patria: José López Portillo, el que ni siquiera tuvo contrincante en la elección presidencial de 1976. Así de mal estaba el sistema político.

Quienes ya con uso de razón vivieron esos años, sin duda recordarán aquel vibrante, esperanzador discurso de toma de posesión de la presidencia por parte de López Portillo. Elocuente sin regateos, para muchos convincente en el decir, millones creyeron que con él y los nuevos y muy ricos yacimientos de petróleo (los veneros que escrituró el diablo, en la poesía de López Velarde), yacimientos que por cierto se ocultaron a su antecesor para evitarle la tentación de reelegirse, la nación con ese presidente y el petróleo se habría definitivamente de salvar.

Ese memorable y vehemente discurso del 1 de diciembre de 1976 aún resuena en ecos de historia parda. Como resuenan todavía las palabras del informe presidencial del mismo López Portillo en la propia tribuna del Congreso, en 1982, que con gran teatralidad lloró frente a legisladores, cámaras y micrófonos para que todo el país lo viera, poco después, marcharse en medio de millones de maldiciones e imitados ladridos de perro.

El país parece no tener remedio. Ahora llega el que a todas luces parece también demagogo y populista. Y con tintes mesiánicos. Ahora, como antes, renace la esperanza en muchos. Ojalá. Aunque las vísperas no auguran nada bueno. Hay que conceder, sin embargo, con más buena fe que ingenuidad, el beneficio de la duda. En esta ocasión, como en muchas otras, nada habrá más grato que equivocarse.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.