De la 'guerra sucia ' a la ejecución de políticos
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De la 'guerra sucia ' a la ejecución de políticos

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De la 'guerra sucia ' a la ejecución de políticos

18/05/2018

De tiempo atrás se preveía que el proceso electoral iba a ser muy competido y vehemente. Si nos atenemos a los resultados que hasta ahora arroja la mayoría de las encuestas, parece que lo primero no es cierto pero lo segundo sí. Es decir, que la intención de voto en la elección presidencial, la de una decena de gobernadores, así como para diputados federales y senadores, amén de numerosos otros cargos locales de elección popular, no muestra –repito, hasta ahora- cifras muy parejas, en cambio sí es notoria la rispidez y vehemencia, apasionamiento, por decir lo menos, como se han venido llevando a cabo las campañas.

En general los principales actores políticos y candidatos se han alejado, según cualquiera lo puede fácilmente comprobar, de los modales diplomáticos y el lenguaje terso. Se habla fuerte y de los adversarios se hacen señalamientos audaces y no pocas veces francamente temerarios. Así se han desenvuelto en los últimos tres lustros las campañas electorales en nuestro país, de menos a más y mucho más, sin que se haya reparado mayormente en el clima de rispidez en constante aumento. Hasta que un día la caldera explote y no pocos se digan sorprendidos.

Cuando este fenómeno se empezó a observar en los procesos electorales de nuestro país, al hecho, para descalificarlo, se le dio en llamar 'guerra sucia'. Fue un mecanismo de defensa, relativamente exitoso al principio, adoptado por aquellos conocidos como 'candidatos impresentables' y sus respectivos partidos postulantes. Muy pronto la opinión pública se dio cabal cuenta de que en numerosos casos no se trataba en realidad de 'guerra sucia' sino de verdades, incluso hechos ciertos confirmados de diversas maneras, sobre la tortuosa trayectoria personal y política de algunos candidatos, verdaderamente impresentables.

Al no funcionar la estrategia defensiva se incorporó entonces al léxico político el concepto de 'campañas de contraste'. Aunque el enfoque es diferente, en realidad se trata de la misma cosa. Lo que antes el supuesto ofendido, al que sacaban sus trapitos sucios cuando mejor imagen pretendía proyectar entre los votantes argüía como 'guerra sucia', ahora quien proclama verdades que al otro lastiman, sin dejar de ser verdades, simplemente alega que desarrolla una 'campaña de contraste', y así justifica su proceder. Pero en el fondo es lo mismo que antes, sin realmente serlo, se calificaba de 'guerra sucia'.

Una vertiente nueva, o relativamente nueva, ha hecho su aparición en el proceso electoral 2018, el más amplio y complejo en la historia política del país. Se trata simple y llanamente de la violencia. Y violencia que cobra vidas. Etapa que parecía definitivamente superada en nuestro país. Aunque ahora todo parece indicar que su origen es distinto al de la mera disputa por el poder, pues todo apunta que su génesis se encuentra en el crimen organizado.

El fenómeno merece mayor atención de parte de todos los actores involucrados en el proceso político. Porque si no se ataja bien puede generar al país un problema verdaderamente mayúsculo. Las cifras hasta ahora son escalofriantes. Desde el 8 de septiembre pasado, fecha en que formalmente dio inicio el actual proceso electoral, una institución especializada contabilizó hasta la semana pasada la ejecución de 98 personajes de la política, de ellos 35 candidatos o precandidatos.

Algo contundente y rápido debe hacerse.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.