Cámaras claudicantes
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Cámaras claudicantes

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Cámaras claudicantes

07/09/2018

Debió haber sido muy impresionante, pero también desagradable, que en la sesión de Congreso General del pasado 1 de septiembre alrededor de 300 gargantas legislativas, adueñadas del escenario, gritaran al unísono una y otra vez: “¡Es un honor, estar con Obrador!”

No desagradable porque carezcan la izquierda y sus hoy seguidores del derecho a externar su júbilo por el amplio triunfo electoral de su candidato presidencial. Lo tienen. Pero hay que saber dónde y en qué momento lo ejerce. Desde luego no en una ocasión solemne, como es una sesión conjunta de ambas Cámaras del Congreso de la Unión. Y no en el momento mismo en que inicia sus trabajos una nueva legislatura federal. Y no precisamente porque ese desplante se haya sentido como una especie de agresión a los diputados y senadores de los otros grupos parlamentarios.

No, nada de eso, no es tal la razón. Se percibió lamentable por el mensaje que envió. Es decir, porque desde el arranque mismo de los trabajos del recién renovado Poder Legislativo, cuya mayoría, a través de esos gritos, dijo mucho de lo que de ese poder se espera. Lo cual sí es francamente desconsolador.

¿Cómo puede entonces un poder como el Legislativo declararse de entrada al servicio del Ejecutivo, y además considerar que ello es un honor? Si comparten un mismo programa, similar agenda, idéntica plataforma un grupo de legisladores y el Ejecutivo, en cuanto que unos y otro presentaron al electorado una misma oferta política, está bien que la apoyen, la impulsen y la aprueben en el proceso legislativo.

Pero cosa muy diferente será que los legisladores abdiquen de la importantísima función de vigilar, de fiscalizar el desempeño de la administración pública.

No faltará quien considera que nada tiene qué ver una cosa con la otra. Pero obviamente sí tiene relación. Se ve difícil que alguien que considere un honor estar así, sometido al Ejecutivo, le sea posible después censurar, criticar, desaprobar errores, fallas, desaciertos, que sin duda los habrá en el funcionamiento de la administración pública.

Y no, no es una exageración, al menos no la es desde el punto de vista político y menos aún constitucional, equiparar al presidente de la República con la administración pública federal toda. Téngase al efecto presente que la Carta Magna dispone que el Ejecutivo se deposita en un solo individuo llamado presidente de la República.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.