Antes y después del proceso electoral
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Antes y después del proceso electoral

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Antes y después del proceso electoral

11/05/2018

Las elecciones del próximo 1 de julio han generado gran efervescencia entre la población. En más de medio siglo no recuerdo algún otro proceso electoral de nuestro país que haya captado tanto interés en los medios y entre los votantes. Pero además una enorme animosidad que bien puede devenir en conflictos sociales, no necesariamente de alto riesgo pero sí peligrosos. ¿Para qué exponerse?

El fenómeno que estamos viviendo es muy significativo. Lo es porque durante mucho tiempo, a lo largo de décadas, durante un extenso periodo que parecía que nunca habría de tener fin, la mejor caracterización del ciudadano común en nuestro país fue su notable pasividad, su apatía de campeonato por los asuntos públicos. Nada parecía moverlo en materia política. Sin duda a ello obedeció que en el gobierno se registraran los peores excesos o las más grandes atrocidades.

Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar. A la distancia, ahora podemos afirmar que la conciencia ciudadana tardó en madurar, pero maduró. Es decir, cayó cabalmente en la cuenta que no era correcto ni sano lo que durante tanto tiempo estuvo pasando. Un primer impulso en tal dirección produjo la alternancia del año 2000 en la Presidencia de la República.

Ese episodio generó enormes expectativas, en general muy superiores a las que razonablemente era posible alcanzar. Porque no estaban política ni jurídicamente al alcance o bien lo estaban a riesgo de provocar un choque frontal y violento con quienes a lo largo de siete décadas armaron un sistema de impunidad y complicidades muy difícil de combatir por el complejo andamiaje jurídico protector que dejaron establecido en su beneficio.

De ahí que no haya sido posible, más que por falta de voluntad, que no cayera un solo pez gordo durante el primer gobierno de la alternancia. Gran frustración.

De manera notoria, hoy las cosas han cambiado. Algunos sostienen, quizá con razón, que los excesos hoy conocidos son iguales y aun peores, toda proporción guardada, que los del pasado. Lo que ahora ha influido de manera determinante en el conocimiento de tales excesos y la consiguiente irritación que han provocado, han sido básicamente las redes sociales (con el riesgo que éstas implican). Sin dichas redes no habría sido posible, por ejemplo, saber lo que hizo ese nutrido grupo de gobernadores priistas que hoy están tras las rejas, prófugos o indiciados.

Además de ese mayor conocimiento que hoy tiene la población del terrible saqueo y engaño de que ha sido víctima, influyó también el hecho de que esa trágica realidad en lugar de amainar va en aumento, como la inseguridad y la violencia, que aunque relativamente recientes en cuanto a los niveles de escándalo que han adquirido, se han vuelto como la corrupción y la impunidad endémicas, en algo verdaderamente ya insoportable.

Sea cual sea el resultado de las próximas elecciones, pasadas éstas habrá mucha materia para el análisis y la reflexión. ¿Pudo haberse conducido el proceso político del país sobre otras bases? ¿Qué falló o qué no se hizo para no llegar al estado actual de animosidad, con grave riesgo de que pueda derivar en un conflicto social de consecuencias impredecibles? ¿Cuáles son los caminos que se abren a la nación después de las elecciones? ¿Habrá acuerdo entre los principales actores políticos acerca de lo que es prudente y sensato hacer después de julio?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.