Opinión

Jóvenes, universidad y …¿movilidad social?

El escenario social del tejido social mexicano de los últimos años ha ido degradándose a grados tales que pareciera que sólo tragedias como las de Tlatlaya y Ayotzinapa fueron capaces de despertar el descontento social. Sin embargo, la violencia y la delincuencia forman, lamentablemente, desde hace tiempo, parte de nuestra cotidianidad.

Horrores como los de Ayotzinapa, Tlatlaya, hacen evidente la ambigüedad del discurso sobre la “justicia“ que hace distinción entre personas “malas” cuya muerte es indiferente y “las buenas”. Ya no es permisible la simpleza de la explicación donde una persona muere por estar vinculada con el crimen organizado. Lo que pasó en Ayotzinapa fue la desaparición y muerte de estudiantes con una crueldad atroz, que si bien justificadas sus demandas o no, son actos que en ningún nivel de conciencia humana se pueden permitir.

Este discurso, vuelvo a recalcar, ambiguo entre la indeferencia ante la muerte de los “malos” queda evidenciado en el caso de Ayotzinapa pues en este caso fueron estudiantes los que desaparecieron y mataron, es decir, la idea donde estudiar era la única forma de no formar parte de las filas del crimen organizado y como resultado de ello ser carne de cañón y morir. Ahora, pierde todo sentido. Si estudio, también me matan.

Superar el discurso ambiguo ya mencionado, implica: plantearnos preguntas importantes y dejar de hacer caso omiso a la realidad del marco socio-económico actual en México. Por el lado de las preguntas están las siguientes ¿Por qué cada vez una mayor número de estudiantes de diversas instituciones de educación media superior y superior están inconformes con el escenario y porvenir que tienen frente a ellos? Una posible explicación es que incluso los estudios universitarios, aunque siguen representando una posibilidad de movilidad social en México, no es la deseada. Para el 2013, de acuerdo con la ENOE (Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo), 38% de los desempleados tenían estudios universitarios.

De tal suerte el sistema industrial mexicano no es capaz de absorber la mano de obra calificada que tiene. Si a lo anterior aunamos que las escuelas rurales tiene un histórico rezago en el aparato educativo, la posibilidad de movilidad social para los jóvenes de esas zonas son más restringidas, lo que se convierte en un círculo perverso , pues el rezago que per se existe en estas zonas complica el ingreso (el mismo estudios del CEEY indica que sólo el 5% de la población con padres sin estudios llega a la universidad) a las universidades y a pesar de ello es muy probable que incluso con estudios universitarios estos jóvenes estén desempleados.

Todas estas tendencias parecen empeorar en un marco de desigualdad creciente, donde año con año “orgullosamente” seguimos reportando estratosféricas fortunas en la revista Forbes. El grado de descomposición social que la desigualdad ha ayudado a crear aunado al grado de corrupción y vinculación de estructuras gubernamentales con el crimen organizado, hacen evidente la necesidad de un golpe de timón en la política económica y social mexicana, que hagan sentir respaldados a los individuos creando en ellos un sentido de pertenencia a una sociedad en el cual conceptos como: respeto a la vida, dignidad y justicia hagan sentido realmente. Es necesario crear un sentido de pertenencia y respaldo del sujeto individual por el sujeto social, reestructura el tejido social recuperando, arrebatando espacio a la violencia que se ha apoderado del día a día de nuestro territorio.

Si bien hay críticas a los procedimientos que los normalistas tenían en sus protestas (tomas de camiones, bloqueos viales, entre otras) hay que ir un poco más allá. Este comportamiento no es exclusivo de este grupo pues, desafortunamente, es el modus operandi de la política mexicana donde sólo formando grupos de protesta se atienden demandas, es decir, donde sólo si se pone en entredicho la estabilidad política o la simulada estabilidad política de una región es como se prestan oídos a una demanda. La “meritocracia” y atender los problemas de fondo es algo que se ha abandonado en México.

Aunque es un cliché y un lugar común, esta vez, ya no hay tiempo pues estamos en un punto donde pareciera que no podemos ir más lejos en las atrocidades, sin embargo, los acontecimientos del último mes hacen pensar lo contrario. Y ese nuevo fondo nos puede conducir a atrocidades aún mayores o a nuevas luces. Confío en lo segundo. Y entonces, habrá que discernir que si para lograr esas nuevas luces, es posible transformar al Estado actual o hay que pensar en un nuevo Estado.