Opinión

José Emilio Pacheco
en CU

Para Hernán, Vicente, Ricardo.

Comienzo a mano (¿cómo negar la cruz de mi parroquia?) esta crónica transida de remembranzas (después vendrán la Lettera 32, antediluviana, y la “compu”, camino a serlo). La UNAM homenajea a José Emilio Pacheco, uno de los suyos, en ese conteo que bien que mal (en veces requetemal), sostiene en pie, si no el cuerpo, sí la obra. Los aniversarios de nacimiento o de muerte, las conmemoraciones de obras fundacionales.

¿Se contó, José Emilio, en el número dilatado de mis amigos? Sí, una temporada formidable, la de mi tardía iniciación a las letras (digo tardía en comparación con la de algunos colegas que, con el primer diente de leche, despacharon su tercera novela, su cuarto poemario). Iniciación, informo agradecido, que comprendió cuatro nombres: Juan José Arreola, Luis Guillermo Piazza, José Emilio Pacheco y Tito Monterroso. Hablo de influencias de carne y hueso, enmarcadas en la Ciudad Perdida de los sesentas, los setentas.

Rebusco en mis papales: Pacífico de confundidas aguas con el Atlántico. Despapaye, caos. Pero la suerte me acompaña. Doy con las tres cuartillas (“holandesas”, llegó a decírseles) de "Un visitante distinguido".

Resulta que condiciones institucionales hubo (¿recuerdas Lara Zavala?) para un ciclo que hacía comparecer a escritores plenos ante un auditorio de investigadores, el confortable del Instituto de Investigaciones Filológicas, a la sazón a mi cuidado. Poco duró. Pero recuerdo gratamente a Sergio Pitol recién publicado su “avant garde” (y todavía le cuelga) Arte de la fuga; a Hugo Gutiérrez Vega, abierta todavía la herida de su renuncia a Difusión Cultural; a José Emilio Pacheco, que entró de lleno a la difícil relación (incompatibilidad de caracteres) entre pasado glorioso y posteridad olvidadiza o a loa menos antojadiza.

Nomás verlo arribar, traje a cuento, entre otras conversaciones (otros lugares de la memoria), encuentros en la inveterada casa de Reynosa (hablo de la calle, no de la población hoy por hoy mártir), en redor de mi introducción y selección a Páginas escogidas de Lorenzo de Zavala.
Deslumbrante ensayista histórico descubierto, si mal no recuerdo, al calor (cuatro de la tarde) de las agrarias clases de Manzanilla Sheafer, gran maestro.

Pacheco incluiría el “Zavala”, decisión para la época con lo suyo de osado (además de yucateco, don Lorenzo se cuenta entre los héroes de la Independencia de Texas, cuya primer bandera diseñó), en la Biblioteca del Estudiante Universitario que conducía con mano y pulso sabios.

Francas lecciones estilísticas confundidas con charlas, chismorreo con consejos invaluables. De abordaje, de modo, de mañas textuales. Así ocurría en el taller literario Mester de la Cuauhtémoc (una de las pocas colonias, por cierto, que se ha sustraído a la mutación inmobiliaria, salvo el Reformafront, de los últimos lustros).

Además de que José Emilio invitaba a caminar alrededor de la mesa. Y nada igual al pensamiento que camina (también llamado de acción). Por él fijé el nombre de la manía peripatética: “Locura ambulatoria”.

Lamenté, la mañana ceguera que recuerdo, las décadas transcurridas sin otra comunicación que algún saludo, una llamada telefónica (de antes del celular), intercambio de libros, encuentros furtivos en ciudades aunque del mismo idioma ajenas. Y se me impuso, zumbona, la imagen de un entrañable amigo común, clave para entender aquellos años que tocaron, para cimbrarlos, todos los géneros: literatura, pintura, teatro, cine, música, pensamiento crítico. Me refiero al autor incomparable de La Mafia.

Bien: la sesión. Siempre educado, prudente, Pacheco se disculpó por interrumpir la laboriosidad del panal académico y empezó el múltiple asedio. Sabiduría (ya lo dije), simpatía, gracejo, narratividad. Como si asistiéramos al boxeo de sombra del que surgían sus Inventarios. Esas “vistas”, esas “estampas”, esas “revistas” por las que desfilan los estamentos (no sólo el Ilustrado) de una sociedad. ¿Quién no aspira a la gracia erudita de un Inventario.

Pero, ojo, estrategia muy suya, no habló de él ni de su exitosísima obra. Cedió su lugar a Juan de Dios Peza, al olvido necio que lo amortaja. Él, vate y diplomático, ultra citable, que conoció los cuernos de la luna.
Señaló varias razones de la desaparición de Peza. Recuerdo, simplificando, una: la posteridad no persona el éxito.

Bien.

Bravo que José Emilio Pacheco regresa a Ciudad Universitaria, una de sus más hondas raíces (revista, BEU, Radio UNAM). Míticas son ya sus fotos junto a “Monsi” Monsiváis, Carlos Valdés, García Terres, Rosario Castellanos entonando a todas horas “Lamentación de Dido”.
Territorio del que lo alejaron compromisos, viajes al extranjero (me introdujo a Jean Franco), pero sobre todo, digámoslo, los placeres y venenos de la fama.

Honda, repito, la raigambre unameña de Pacheco. Cito, para terminar (por ahora), los dos tomos (que en equis coyuntura pudimos reunir en uno), de su antología del modernismo. Modernismos en realidad, sentenció. Tantos como modernistas hubo.

Y claro que celebraría, en su estado actual, el corpus de las memorias del modernismo: Tablada, Valenzuela, Campos, Dávalos, Olaguíbel.

Bien (re)venido, José Emilio.