Teoría del caos
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Teoría del caos

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Teoría del caos

05/04/2018

Con cada vez más velocidad, el presidente de Estados Unidos Donald Trump va rumbo a un punto de inflexión con consecuencias impredecibles, y probablemente graves para una superpotencia que parece derretirse ante nuestros ojos. Todo el sistema democrático de gobierno que le había funcionado al país más de 200 años, súbitamente se volvió inoperante ante un liderazgo autoritario que los frenos tradicionales contemplados en su constitución han sido incapaces, hasta ahora, de detener.

Trump, por una parte, está asediado, y bajo una brutal presión. La investigación de Robert Mueller sobre los lazos de su campaña con Rusia ya llegó a las puertas de la Casa Blanca, y Trump ni siquiera tiene un equipo legal adecuado para enfrentarla. Ningún abogado de prestigio quiere involucrarse con un cliente que no hace caso de los consejos de sus asesores, y que con frecuencia, no paga. Trump piensa que el mejor abogado es él mismo.

Pesa sobre el presidente, además, el asunto de su romance con la actriz porno Stormy Daniels, ante la que demuestra tal temor, que ni siquiera la ha mencionado en su intensa y reciente actividad tuitera. Tampoco se sabe, pero es posible imaginar, las tensiones que todo esto causa en su entorno familiar.

Los problemas con su equipo de trabajo han llegado a niveles insostenibles. Nadie está seguro en su puesto, y los incidentes de corrupción y conductas impropias solo muestran el bajo nivel del personal que acepta trabajar para la administración, de secretarios de estado para abajo.

El círculo más cercano a Trump se estrecha cada vez más. Ya corrió a su secretario de estado, Tillerson, a su asesor de seguridad nacional, McMaster, le renunció Hope Hicks, su tercera directora de comunicación y su colaboradora más cercana, y está por irse John Kelly, el jefe de gabinete, a quien ya francamente no le hace caso, y que solo sirve para llamar por teléfono para despedir gente, porque Trump es incapaz de hacerlo personalmente. El único personaje razonable que queda en el gabinete es Jim Mattis, secretario de defensa, y veremos cómo le va con John Bolton, el nuevo asesor de seguridad, que quiere bombardear a todo el mundo.

Por otra parte, con el paso de los meses, y enfrentando todo este cúmulo de problemas, personal cercano a Trump confirma que el presidente se siente cada vez más cómodo en la oficina oval. Poco a poco, empieza a manejar el país como hacía con su empresa de bienes raíces: doblando a todos a su voluntad. Pero no se puede olvidar que ese estilo de administrar lo llevó a la bancarrota 4 veces, y en este caso, lo que está en juego es el futuro de su país y buena parte del mundo. Su particular megalomanía lo hace tener absoluta confianza en su juicio, y en el de nadie más. Es la versión moderna de Luis XVI: el estado soy yo.

¿Hasta dónde llegará el Congreso republicano solapando esta conducta aberrante? Es innegable que una tercera parte de la ciudadanía de Estados Unidos apoya, o por lo menos tolera lo que está haciendo Trump. Esta corriente fanática, intolerante, xenófoba y nacionalista tiene expresiones en todo el mundo, México incluido, y aunque hasta ahora se ha podido contener, sigue acumulando poder político.

Si los candados constitucionales que existen en Estados Unidos, y que fueron diseñados expresamente para impedir una autocracia o dictadura fallan, la democracia liberal quedará en serio peligro en el mundo entero. Los derechos humanos, la libertad de expresión, los derechos de las minorías y muchos otros avances civilizatorios habrán de desaparecer. Enfrentaremos una especie de feudalismo tecnológico que hará muy difícil el desarrollo humano a futuro inmediato.

¿Suena catastrofista? Lo es.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.