Plata, plomo y futbol
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Plata, plomo y futbol

04/06/2018
Actualización 04/06/2018 - 14:25

Como si el panorama político no fuera lo suficientemente deprimente, el sábado en el Estadio Azteca la Selección Mexicana de futbol recibió sonora rechifla como despedida antes de viajar a Europa para participar en el Mundial de Rusia. Ante un equipo escocés notoriamente inepto, apenas pudieron ganar 1-0, jugando feo y mal.

No quisiera entrar aquí en demasiados detalles de la esfera deportiva, pero como cada cuatro años, y con las prioridades torcidas, los jerarcas del balompié nacional están más preocupados por la explotación comercial del equipo nacional, que por su actuación en el ámbito deportivo. Aquí es cuando todas las decisiones, como la enorme cantidad de extranjeros en la liga, el impedir el ascenso y descenso de los equipos, todos los partidos llamados 'moleros', al tiempo que abandonan las competencias internacionales, como la Copa Libertadores y la Copa América, cobran factura.

Ojalá me equivoque, pero no veo muchas posibilidades de superar la etapa de grupos, donde Alemania, Suecia e incluso Corea del Sur podrían hacernos recordar aquella infame Copa del Mundo de Argentina en 1978, donde nos ganó hasta Túnez. También entonces nos tocó Alemania en el grupo, y nos metieron seis.

Ante una probable decepción nacional mayúscula por el tema mundialista, los mexicanos vamos a las urnas el 1 de julio en un ambiente de crispación política sin precedente. Y no es sólo en las redes sociales donde se percibe la intranquilidad. La ola de violencia que ha cobrado la vida de candidatos y políticos de toda índole indica que el crimen organizado va por el poder político en buena parte del país. Estudios recientes detallan las enormes cantidades de dinero ilegal en las campañas, sobre todo en posiciones de administración local. Aquí ya no importa a qué partido pertenecen, importa quién se alinea con los intereses oscuros. Rechazar los fondos ofrecidos es prácticamente suicida; aceptarlos es quedar comprometidos por lo que dure la administración. No hay opciones.

El malestar llega incluso a las campañas presidenciales. Uno de ellos me comentaba del ambiente tenso, difícil, que se percibe en los mítines. Los equipos de seguridad están nerviosos y preocupados; tienen que lidiar no sólo con la posibilidad de que algún fanático vaya a cometer una locura, sino con el real peligro de enfrentar alguna operación organizada.

Una democracia no puede sobrevivir en estas condiciones. El peor legado de los últimos tres sexenios es la incapacidad del Estado para garantizar la seguridad de los ciudadanos. De por sí, ya cada vez es más difícil operar un negocio en México. Entre los asaltos a trenes y carreteras, cobros de derecho de piso, secuestros y demás crímenes, las inversiones, tanto locales como extranjeras, se secarán.

Nada se puede esperar ya del gobierno de Enrique Peña Nieto, quien con una óptica que refleja su vida en la burbuja, piensa que se exagera la situación. Preocupa enormemente lo que pasará después del 1 de diciembre.

De ganar Andrés Manuel López Obrador, lo que ha dicho sobre el tema de seguridad parece, por lo menos, errático. Ni sus cercanos piensan que la amnistía a los criminales podría funcionar. Unir a todas las policías en una “guardia nacional” es una idea que merece consideración, pero que habría que implementar con mucho cuidado y después de profundos estudios. Se trata de desmantelar a un sistema feudal que opera un Estado paralelo, que está bien armado, bien fondeado y con un aparato de inteligencia más eficiente que el del gobierno. De ese tamaño es el reto.

Ni Anaya, ni Meade, ni el propio AMLO han mostrado conciencia del tamaño del problema que tienen enfrente, y por el bien de todos, ojalá se pongan a trabajar en ello.

Sin seguridad, no hay educación, no hay economía, no hay comercio que aguante. No hay, siquiera, Selección Nacional de futbol.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.