Odebrecht y Putin
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Odebrecht y Putin

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Odebrecht y Putin

07/05/2018
Actualización 07/05/2018 - 15:21

En su libro Vecinos distantes, publicado en 1985, Alan Riding, entonces jefe de la corresponsalía del New York Times en México, nos describía como un país de poder, no de derecho. Ahora, más de 30 años después, y a pesar de las promesas y compromisos de todos los candidatos de todos los partidos desde entonces, las cosas siguen exactamente igual.

Cada año, en febrero, celebramos a nuestra Constitución, ya prácticamente irreconocible de tantas enmiendas que ha sufrido a capricho de los gobiernos en turno; hablamos en términos reverenciales de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y sus ministros; concedemos a los miembros del Poder Judicial los mejores sueldos y prestaciones del gobierno; presenciamos y participamos en doctas discusiones en las escuelas de derecho sobre la aplicación de la justicia; actuamos, en fin, como si las leyes importaran. Pero la realidad es otra.

Para usar sólo el ejemplo más reciente, no se necesita ser abogado para saber que desde las más altas esferas del gobierno se tomó la decisión de no proceder contra los funcionarios involucrados en los sobornos de Odebrecht. El lazo de esos fondos con los gastos de campaña que llevaron a Enrique Peña Nieto a la presidencia de la república son demasiado estrechos, y si se destapa la cloaca podrían caer, ya no peces gordos, sino ballenas. De ahí la ofensiva certeza de impunidad con la que se conducen de Emilio Lozoya para abajo.

La decisión de no actuar contra Odebrecht es incluyente, no de un solo hombre, sino del sistema, y es el sistema mismo el que ofrece las herramientas para implementarlo con una burda simulación de que hay un soporte legal para justificar semejante barbaridad. En México, pues, tenemos una larga tradición de supeditar las necesidades del poder a la aplicación de la justicia.

En Estados Unidos, un país con una Constitución apenas modificada en los últimos 250 años, que contiene candados específicos para mantener la independencia, no sólo del Poder Judicial, sino del aparato de procuración de justicia, que se precia del respeto irrestricto al derecho y al principio de que nadie está por encima de la ley, le está pasando lo mismo que a nosotros.

Donald Trump encontró un gran aliado en Vladimir Putin. Es claro que los rusos intervinieron de manera directa en llevarlo a la presidencia. Ya nadie menciona ni cree en la narrativa de que, si bien participaron, no cambiaron el resultado electoral. Así ganó Trump, de la mano de Putin.

Pero surgió un problema, porque las instituciones estadounidenses empezaron a funcionar. Sus aparatos de inteligencia detectaron y comprobaron la intervención, y apuntaron sus baterías hacia el contubernio ilegal que llevó a Trump al poder.

En México, el andamiaje construido entre Odebrecht y funcionarios mexicanos que ayudaron a Peña quedó rápidamente a salvo a través de diversas y simples maniobras de las autoridades. La PGR pone información en reserva, oculta evidencias, descarta documentos y declaraciones públicas, utiliza tecnicismos legales para justificar su encubrimiento, y finalmente, y en la práctica, le da carpetazo al tema. Todos a salvo. Y ya sabemos, porque lo dijo, que el candidato que puntea en las encuestas tampoco lo va perseguir. Dice Andrés Manuel López Obrador que la corrupción se soluciona con la voluntad política del presidente. Pues puede ser, pero ante sus argumentos de que “la venganza no es lo suyo”, es más que evidente que el sistema prevalece, y que los autores y beneficiarios de los sobornos Odebrecht quedarán impunes.

En Estados Unidos, Trump no la tiene tan segura. Junto con sus aliados en el Congreso, el hombre está recurriendo a todo tipo de estrategias para eliminar la independencia de fiscales y jueces y salvar así su abollada presidencia. Están instrumentando un asalto concertado y coordinado sobre los aparatos de justicia de Estados Unidos. Esta lucha determinará si el Estado de derecho del que tanto se precian los estadounidenses continuará vigente. Si las instituciones triunfan, Trump dejará el poder, porque lo que no está en duda es su intención clara y evidente de obstruir la aplicación de la justicia. Pero si gana Trump quedarán allá como estamos aquí: sujetos a los caprichos del gobernante en turno. Nosotros, así llevamos 100 años, y así nos ha ido.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.