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La visita

16/07/2018
Actualización 16/07/2018 - 15:07

Mike Pompeo, secretario de Estado; Steven Mnuchin, secretario del Tesoro; Kristjen Nielsen, secretaria de Seguridad Interior y Jared Kushner, yerno del presidente y responsable de la relación con México. Una delegación de alto, altísimo nivel es la que envió a nuestro país el gobierno de Estados Unidos. Esta fue la zanahoria. Pero bien valdría a los funcionarios del gobierno entrante de Andrés Manuel López Obrador estar listos para el palo, que sin duda aparecerá si las propuestas que envió el virtual presidente electo a Donald Trump no son del agrado del volátil presidente de Estados Unidos.

Nos dice Marcelo Ebrard, otro futuro canciller, que seamos sinceros, él también llega a 'aprender'. Explica que el documento enviado por AMLO tiene cuatro ejes: TLCAN, migración, seguridad y desarrollo regional, incluida Centroamérica, aunque no se dijo si los países aludidos habían sido consultados. Sospecho que no. Más allá de eso, Ebrard afirmó que los detalles sólo se darían a conocer una vez que Trump haya recibido el documento.

El futuro canciller, cuya experiencia diplomática es mínima, comete un error al mantener en secreto los términos de la propuesta. Cede de manera unilateral la capacidad de establecer la narrativa pública de la relación y, para eso, Trump es un maestro. Si decide usar la relación con México como argumento de campaña para las elecciones intermedias de Estados Unidos, nos dará un golpe al que tendremos que reaccionar. Si, en cambio, se hubieran dado a conocer los detalles establecidos en el documento, suponiendo, como creo, que son términos razonables y parejos, obligaría a Trump a adoptar una postura electoralmente incómoda para su partido, y podría desactivarse el tema México como posición de campaña.

Las prioridades del gobierno de Trump con México son perfectamente claras: una clara y comprobable política de ayuda para prevenir la inmigración a Estados Unidos, no sólo de mexicanos, sino de centroamericanos; idealmente, un derrumbe del TLCAN si ve la mínima posibilidad de llegar a un acuerdo comercial bilateral justo, aunque lo justo para Trump no sea lo justo para México; y quiere una guerra sin cuartel contra los cárteles de la droga, con intervención de la DEA si es necesario, con el objeto de vender el concepto a su base; y la cereza final del pastel sería un mecanismo por medio del cual Trump pueda decir que México pagó por el muro, aunque no sea así.

En las reuniones del viernes, tanto con el presidente Peña como con López Obrador y luego con el canciller Videgaray, todos hablaron maravillas. Pero nada cuenta hasta que el destructor Trump palomeé los resultados. Por ahora anda muy distraído, sembrando odios y polarizaciones en Europa, y mucho amor en Helsinki en su reunión de hoy con el presidente de Rusia Vladimir Putin, pero el martes estará de vuelta en Washington, donde lo esperan serios problemas existenciales. Las investigaciones del fiscal Robert Mueller avanzan, y se acercan cada vez más a la oficina oval donde despacha Trump.

La situación interna de Trump puede resultar benéfica para México. No somos una prioridad ni para él, ni para los medios. La cobertura de la visita de la delegación estadounidense a México fue de mínima a nula. Esto podría permitir que la pequeña ventana que queda, de aquí al 15 de agosto, pueda traducirse en la firma del nuevo TLCAN y que éste se apruebe antes de que termine el sexenio de Peña Nieto, y antes de que cambie el Congreso en Estados Unidos. Si ello no ocurre, habrá que empezar casi desde cero y bajo condiciones muy distintas, asunto que no conviene a ninguno de los tres países.

A quienes ven con enorme optimismo la relación México-Estados Unidos después de la visita del viernes, les recuerdo el consejo del propio López Obrador: “serénense”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.