La prensa libre en jaque
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La prensa libre en jaque

07/08/2018

Para nadie es un secreto que la democracia liberal está bajo ataque en el mundo entero. Los más sólidos ejemplos, Europa Occidental y Estados Unidos, están padeciendo un desencanto generalizado con un sistema de gobierno que durante casi un siglo ha producido enorme riqueza y bienestar para sus respectivas poblaciones, pero que no es perfecto, como ninguno lo es.

Hay dos pilares que sostienen a las democracias: elecciones libres y confiables, y libertad de expresión, en la que se encuadra una prensa independiente y crítica. Ambos conceptos se tambalean.

En Turquía, el presidente Recip Erdogan ha presentado cargos contra 1800 periodistas, y encarcelado a muchos de ellos, por criticarlo en sus medios. Esto ocurre desde 2014, que tomó posesión. Arrestó, incluso, a un periodista holandés que vacacionaba en Turquía, porque se enteró que meses atrás, había presentado un reportaje crítico del hombre fuerte turco en la televisión de su país. En muchos casos, sobre todo los recientes, las acusaciones contienen la muy trumpiana frase “fake news”.

El fenómeno no es solo turco. Se disemina como infección por todo el mundo. Los regímenes totalitarios, por supuesto, no enfrentan el problema. Todos saben a qué se atienen en Rusia, China, Corea del Norte o Arabia Saudita si critican a sus gobiernos. Van a la cárcel, si les va bien. Pero en todos esos países la libertad individual tiene poco valor.

En Estados Unidos, en cambio, la libertad de prensa tiene una tradición arraigada de más de 200 años, y siempre ha sido considerada una parte esencial del pacto social estadunidense… hasta ahora.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dando rienda suelta a sus tendencias populistas y autoritarias, ha puesto en marcha una, hay que reconocerlo, muy exitosa estrategia para minar la credibilidad de los medios de comunicación tradicionales de su país. Las redes sociales, con todas sus bondades, le han servido como cómplices. Es tal el volumen de información que circula por las redes, que se presta a todo tipo de manipulaciones, de narrativas falsas, de conspiraciones no verificadas, de sofisticadas estrategias de influencia que justifican para algunos el llamado que cotidianamente hace Trump a su pueblo a no creer lo que ven ni lo que oyen. Solo él tiene la verdad, y eso se tiene que aceptar.

Llama la atención que los medios mismos, pudiendo hacerlo con cierta facilidad, no usan estrategias similares para fortalecer su credibilidad. Cuentan con las plataformas para ello, pero no se han organizado alrededor de una respuesta unificada, y Trump ha logrado que buena parte de los ciudadanos ya no crean en la prensa. Asunto grave.

En México, mientras tanto, los medios esperan con incertidumbre el inicio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador el 1 de diciembre. Con todos sus defectos e ineficiencias, la administración de Enrique Peña Nieto fue objeto de justificadas e intensas críticas de los periodistas. No olvido el asunto Aristegui, pero en todo caso, es la excepción; es decir, la actuación de la administración de EPN no es nada comparable con el control que los gobiernos priistas, hasta Salinas, ejercieron sobre la prensa libre.

¿Cuál será la ruta del nuevo gobierno? Todos sabemos de la intolerancia de AMLO a la crítica, pero eso lo comparten prácticamente todos los jefes de estado del mundo. Preocupa más el tono que se va reflejando en las redes sociales. Empiezan a aparecer tuits con listas de periodistas “enemigos” del próximo presidente, y los señalamientos hacia ellos son cada vez más violentos y amenazantes. Eso no presagia nada bueno para el futuro.

En la campaña, López Obrador insistió en que respetará el libre ejercicio del periodismo aunque sea crítico, porque está plasmado en la Constitución. Ojalá así sea. México no necesita que aparezca aquí otro de los famosos “parecidos” entre Trump y AMLO, y que luego de tomar posesión empodere a sus ya de por sí fanáticos seguidores a que se vayan contra prensa.

México ya es uno de los tres países más peligrosos para ejercer el periodismo. Ese molino no necesita más agua.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.