La frontera
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La frontera

06/04/2018
Actualización 06/04/2018 - 13:52

Datos irrefutables: Durante su mandato, George W. Bush mandó a seis mil elementos de la Guardia Nacional a proteger la frontera sur con México; Barak Obama hizo lo mismo, al enviar a mil 200 tropas de la Guardia Nacional. Ahora, Donald Trump, el actual presidente de Estados Unidos, decide que necesita entre dos y cuatro mil hombres de esa corporación en la frontera. Insisto en señalar que es la Guardia Nacional, no el Ejército, que no está constitucionalmente facultado para actuar dentro del territorio de Estados Unidos.

La Guardia Nacional no depende del Ejecutivo, sino de los gobernadores de los estados. Normalmente, interviene en casos de desastre natural, aunque también los llaman cuando hay disturbios ocasionados por manifestaciones que se tornan violentas, u otras emergencias que rebasan a las policías locales. En el caso de la frontera, tienen límites muy claros: no estarán armados; no pueden tener interacción directa con inmigrantes; no pueden arrestar ni deportar a nadie. Sólo están habilitados para cumplir con labores de apoyo a las autoridades migratorias.

La implementación del plan está a cargo de la Secretaría de Seguridad Interior que encabeza Kirstjen Nielsen. Entre otras cosas, tiene que negociar con los gobernadores de los estados fronterizos. Texas y Arizona están de acuerdo con el plan, pero California y Nuevo México no se han pronunciado, y es posible que esos gobernadores no cooperen.

La decisión de Trump no fue un exabrupto, como muchos dicen. Es cierto que responde a presiones de política interna que enfrenta, entre ellas la crítica intensa de un sector de los medios conservadores, que dice que Trump se ha mostrado débil en temas migratorios. Pero la estrategia se pensó con anticipación, puesto que la semana pasada estuvo en México la secretaria Nielsen para alertar a nuestras autoridades sobre lo que venía. El dilema de Nielsen es otro: ¿cómo justificar el despliegue de la Guardia Nacional, sin emergencia alguna de por medio? Los cruces fronterizos son los más bajos desde hace 46 años. La migración masiva no es el problema. El ingreso de drogas a Estados Unidos se da porque hay mercado, y si no pasa por la frontera [con México], pasará por otro lado mientras haya compradores. El detener el ingreso de elementos de la Mara Salvatrucha, asunto que los tiene apanicados, se logra con inteligencia y cooperación, no con envío de tropas.

Trump es un presidente mediático y sabe que el escándalo juega a su favor. Con la decisión, tranquiliza a su base y sobre todo a muchos republicanos de la Cámara baja que ven cómo se esfuman sus sueños de reelección.

Todo lo anterior provoca una situación que, a la postre, resulta altamente ventajosa para México, y por fortuna el presidente Peña la aprovechó. Su mensaje, si bien enérgico, no fue amenazante, como hubieran querido algunos. Cuidó el contenido para que no se pudiera interpretar como partidista, al mencionar a los cuatro candidatos presidenciales. Con atinada agudeza, sugirió que los motivos de Trump son de política interna, y reafirmó lo que casi todos los mexicanos sentimos: nadie tiene derecho a herir la dignidad de nuestro país.

Sin mención en el mensaje presidencial, pero con reflejo en los hechos, la situación abona a una resolución rápida y positiva del TLCAN. Estados Unidos provocó lo que puede convertirse en una épica guerra comercial. Si las medidas arancelarias anunciadas por Estados Unidos y China entran en vigor, el sector agrícola estadounidense quedaría en peligro de extinción. Por ese solo tema, Estados Unidos no está en posición de ponerse exigente en la negociación del tratado. Combinar la guerra comercial con China con la salida del TLCAN sería un suicidio económico. Por ello, mientras México digería el asunto de la frontera, los secretarios Guajardo y Videgaray se reunían apaciblemente en Washington con Lighthizer y Kushner. Habrá noticias muy probablemente positivas en estos días sobre una modernización aceptable para todos en el TLCAN.

Sería omiso dejar de mencionar el efecto en las campañas de México. Por unos días por lo menos, la cruz que carga José Antonio Meade sobre sus espaldas se hizo un poco más ligera. El tema obligó, necesariamente, a todos los candidatos a formarse detrás del presidente Peña.

Algún estratega de Los Pinos se ganó a pulso una medalla, lo que nos lleva a preguntar, ¿por qué hasta ahora?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.