Del dicho al hecho…
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Del dicho al hecho…

03/12/2018
Actualización 03/12/2018 - 15:28

Para bien o para mal, este 1 de diciembre México dio un violento viraje de rumbo. Muchos pensábamos que Andrés Manuel López Obrador, al asumir la presidencia constitucional del país, trataría de dejar atrás los enconos derivados de su largo paso por la política nacional, pronunciando un discurso con visión incluyente, que por lo menos intentara incorporar a los sectores opuestos a sus ideas, para crear un espíritu de equipo que llevara a buen puerto el rumbo que marca. No ocurrió así.

De hecho, su discurso ante la sesión conjunta del Congreso retomó los temas de la campaña, y si bien provocó el previsible regocijo entre sus incondicionales, no hizo nada para tranquilizar al país después de una desgastante campaña que duró 18 años.

El discurso, en cualquier caso, fue vago en cuanto a detalles. Es lógico porque las cuentas no salen. Por ello, habrá que poner atención en lo que hace, y no tanto en lo que dice. Habló, por ejemplo, de crear confianza para atraer inversión tanto nacional como extranjera, asegurando que habría buenos rendimientos. Pero los inversionistas no están interesados en discursos, sino en señales derivadas de acciones concretas, y por ello, a la luz de la decisión del NAIM, la salida de capitales es un hecho. Nada de lo que dijo hará cambiar la opinión del Financial Times, del Economist o del Wall St. Journal que han señalado como “preocupantes” las señales del nuevo gobierno. Si la respuesta a estos señalamientos es imponer (me canso ganso) a Sta. Lucía y a la refinería de Tabasco, que junto con el Tren Maya son propuestas poco sustentadas en estudios técnicos y profesionales, la impresión es que se tirará mucho dinero a la basura. Dinero que no hay.

El económico es un tema, de entre muchos, que provoca una imagen de México en el extranjero que no le conviene a un país que depende tanto de la derrama turística. A nuestra principal clientela, Estados Unidos y Canadá, no les resulta atractivo ver una foto oficial del nuevo presidente de México al lado del impresentable dictador Nicolás Maduro, validando un régimen opresor, violador de derechos humanos, condenado por el mundo entero, empezando por los propios venezolanos. No es casualidad que los enviados de Estados Unidos a la ceremonia, Ivanka Trump, hija del presidente Trump, y Mike Pence, vicepresidente de Estados Unidos, no se quedaron al banquete oficial. No iban a compartir alimentos ni con el dictador ni con algunos otros personajes de la guerrilla colombiana que también asistieron. Sería interesante saber con qué opinión del discurso regresan a Washinton.

Y luego está el tema jurídico. Varias veces insistió en que todo lo que su gobierno haga será apegado al Estado de derecho. De nuevo, hay que ver lo que hace, no lo que dice. Sus consultas son claramente ilegales. Sé que se intentará legislar en la materia, pero pecaríamos de inocentes si pensamos que se llegará a alguna fórmula que ponga en riesgo el resultado al que el presidente quiere llegar. Las consultas solo le sirven para darle un engañoso barniz democrático a decisiones ya tomadas, y no va a correr el riesgo de que alguna le resulte adversa.

En el año 2000, me tocó cubrir muy de cerca la administración de Andrés Manuel López Obrador en la ciudad de México. Si bien el apego a la ley nunca fue su fuerte, sí era un político pragmático, conciliador y eficiente, con un equipo eficaz detrás de él encabezado por Claudia Sheinbaum. No fue perfecto, pero sí fue un buen jefe de Gobierno. No sé si sus experiencias como candidato en 2006 y 2012 modificaron sus conceptos, pero este López Obrador es muy distinto al de entonces.

Habrá que esperar a ver qué hace, sin reparar tanto en lo que dice.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.