De nómadas y élites
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De nómadas y élites

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De nómadas y élites

07/06/2018

Dice Yuval Noah Harari, en su libro “Sapiens: Breve Historia de la Humanidad”, que los tiempos más felices de nuestra especie se produjeron antes del descubrimiento de la agricultura. La unidad básica social era la tribu, compuesta por unas diez o quince familias, que compartían todo: los hombres cazaban y traían el alimento, las mujeres organizaban el cuidado y desarrollo de los niños, aunque estos roles se intercambiaban fácilmente. Entre todos, cuidaban su espacio de vida, y cuando las condiciones ecológicas lo requerían, no tenían mayor problema en migrar a otro sitio para continuar el ciclo.

Esa felicidad tenía su costo. El promedio de vida de nuestros antepasados de entonces, no llegaba a los 30 años. No tenían protección alguna contra el clima, que durante siglos, era mucho más frío de lo que conocemos ahora. La incertidumbre del arribo del próximo alimento, descrito gráficamente en las cuevas de Altamira en España, y Lascaux en Francia, equivalía a lo que hoy llamamos el “estrés” de un trabajo demandante.

Tampoco estaban libres de violencia. Los choques entre tribus que peleaban un mismo territorio tenían, lo mismo que a través de toda la historia, desenlaces fatales. Pero esas incipientes guerras no eran frecuentes dada la mínima densidad de la población humana de entonces.

Así vivimos miles de años, hasta que las condiciones del medio ambiente cambiaron. La última glaciación mató a muchas especies animales, pero no al hombre. Gradualmente, y por lo escaso de la carne animal, se incrementó el consumo vegetal, y empezaron a surgir asentamientos fijos alrededor de tierras fértiles. Las tribus crecieron, y se convirtieron en comunidades más numerosas, y con roles más específicos. La religión cobró más importancia, y así empezó un camino que lleva nueve mil años gestándose, y que nos ha traído hasta ahora.

Desde el momento del incremento numérico de la tribu, surgió una constante que se ha sostenido a través de todas las civilizaciones y sistemas políticos de la historia: las élites.

En todas las organizaciones sociales que ha creado el hombre, siempre hay una élite en el poder, que ha sido hereditaria, política, económica, militar y religiosa, no siempre con todos los elementos, pero sí con las mismas características. Abajo de ellos, lo que hoy conocemos como “clase media”, que históricamente ha servido para aceitar el funcionamiento de una comunidad. Y luego, un enorme grupo, con roles diversos, pero específicos, que trabaja para sobrevivir e intentar, a través de las generaciones, de acceder a uno de los otros dos grupos.

Diversos experimentos recientes (poco más de 200 años) han tratado de alterar esa ecuación, con diversos niveles de éxito. El comunismo en China y la extinta Unión Soviética no corrigió el rumbo. Cambió la élite, pero no el modelo. La versión latinoamericana, que fue Cuba, cambió la élite, redujo al mínimo la clase media, e impidió la movilidad social.

La democracia/capitalismo tampoco ha tenido mucho éxito. Estados Unidos, la Unión Europea y muchos otros que han seguido el sistema tienen un gran porcentaje de ciudadanos descontentos, y se respiran aires de cambios. Los países nórdicos, como Suecia, Noruega y Dinamarca, con una mezcla entre socialismo, monarquía y democracia, son los mejor librados.

Ahora, una buena parte del mundo parece lista para iniciar la era populista. Por lo visto en Venezuela, Bolivia e Italia y sí, también en Estados Unidos, el tema no va por buen camino. Pero dicen que nadie aprende en cabeza ajena. Y México, todo parece indicar, va para allá.

Que tengamos suerte, porque la vamos a necesitar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.