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Anónimo

10/09/2018
Actualización 10/09/2018 - 4:50

Por si acaso el presidente de Estados Unidos Donald Trump no hubiera tenido suficiente con el daño a la imagen de su administración tras la publicación de los adelantos del nuevo libro de Bob Woodward titulado Miedo (mi columna del jueves pasado trata el tema) ahora tiene que lidiar también con 'Anónimo'.

El miércoles pasado, el New York Times decidió, contra todas sus tradiciones, publicar un ensayo de opinión sin firma. El artículo describe un movimiento de “resistencia” dentro de la Casa Blanca, compuesto por varios altos funcionarios, que se han dedicado, dice el artículo, a moderar los más radicales impulsos de un presidente “amoral” y “errático,” para impedir una crisis mayúscula en el país. El Times describe al autor como un “alto funcionario” dentro de la administración Trump, cuya identidad los editores conocen, pero no revelan a petición de parte.

Como era de esperarse, la aparición del artículo desató la ira presidencial. Empezaron los tuits, donde Trump exige al New York Times dar a conocer la identidad del autor por motivos de seguridad nacional, aunque no especificó cómo se pone en riesgo la seguridad nacional por el artículo. El Times se negó. Luego acusó al autor de “traición”; el presidente debía saber que el delito de traición requiere una declaración de guerra por parte del Congreso para poderse configurar, y ningún analista jurídico ha podido establecer que se cometió delito alguno por publicar el artículo. Pero ello no exime al señor 'Anónimo', como lo bautizó Trump, de responsabilidad.

Quien mejor describió la disyuntiva moral que plantea la existencia de un grupo de “resistencia” dentro de la administración, fue el expresidente Barack Obama, en su espectacular regreso a la política, haciendo campaña por los demócratas para las elecciones intermedias. Dice Obama que, nos guste o no lo que hace Trump, es el presidente electo por una mayoría ciudadana. Ninguna otra persona tiene el derecho de tomar decisiones que sólo le corresponden al titular del Poder Ejecutivo, constitucionalmente facultado para ello. Eso se llama usurpación de funciones, y eso, de comprobarse, sí es un delito.

La solución que propone Obama al problema (y al peligro) que plantea una administración Trump, es el voto. En menos de dos meses, los ciudadanos tienen la oportunidad de cambiar las cosas a través de las urnas. Si los demócratas, como se anticipa, obtienen el control de una o ambas cámaras del Congreso, estarán en posición de usar los mecanismos constitucionales a su disposición para contener y hasta destituir a un presidente fuera de control.

Mientras, en la Casa Blanca, la paranoia presidencial es palpable. Trump está moviendo todas las fichas que tiene para dar con el “soplón”. Los análisis del texto no son concluyentes. Docenas de sus funcionarios han publicado deslindes, y hasta se ha planteado la posibilidad de aplicar pruebas de polígrafo a varios de los sospechosos. Y no sólo el presidente investiga; también los reporteros, incluyendo a los del propio New York Times, andan tras la identidad de 'Anónimo'.

El problema de fondo es el retrato que el documento pinta, porque no es el único. Michael Wolff, Omarosa Manigault y ahora Bob Woodward, describen en sus libros una Casa Blanca que funciona como un hospital siquiátrico administrado por uno de los pacientes, y estamos hablando del hombre, discutiblemente, más poderoso del mundo, que tiene al alcance de la mano el botón nuclear que puede desencadenar, literalmente, el fin de la historia. Como dice Obama, los mecanismos de solución están disponibles: solo hay que usarlos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.