A Futuro
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A Futuro

01/11/2018

Los estudiosos de las ciencias políticas del futuro tendrán una riquísima veta de investigación en la primera mitad del siglo XXI. Analizarán a detalle los intensos y desconcertantes movimientos sociales que se están dando en nuestros tiempos, y podrán, tal vez, encontrar alguna narrativa que pueda encuadrar en un marco, no solo ético, sino lógico que nos permita entender este extraño renacimiento del autoritarismo a nivel mundial.

Habrá que encontrar nuevas definiciones. La izquierda y la derecha a las que aún estamos acostumbrados ya no explican la evolución de los sistemas políticos. Hay autoritarismo de derecha extrema, como veremos en Brasil, en Italia, o como el que intenta imponer Donald Trump en Estados Unidos. Pero también lo hay desde la izquierda, como en Venezuela y Nicaragua. Y hay todavía otro, como en México, que no se puede diagnosticar ni como liberal, ni como conservador. Todos, eso sí, tienen una alta dosis de populismo.

El desarrollo de la democracia funcional está por quedar rebasado. Estamos a cinco días de unas elecciones intermedias en Estados Unidos de una trascendencia mundial. Para bien o para mal, el experimento democrático de Estados Unidos los llevó a dominar el mundo durante buena parte del siglo XX. Tienen el andamiaje constitucional más sólido de todas las democracias occidentales, y el martes próximo estará a prueba. Si los electores logran ponerle un freno a la administración inédita de Donald Trump, podrán, por lo menos, sobrevivir unos años más los embates de los nacionalismos trasnochados, y tal vez un regreso a la cordura universal. Si algo nos han enseñado estos tiempos, es que los países que optan por aislarse del mundo pretenden crear una realidad que ya dejó de existir hace tiempo, y que no podrá recuperarse.

Venezuela, México, Nicaragua, Bolivia, Brasil, vamos, hasta Alemania e Italia, están sucumbiendo al miedo y la desazón que provocan un futuro incierto y lleno de novedades, sobre todo tecnológicas, que amenazan una forma de vida que inevitablemente, quedó en el pasado.

La lógica indicaría que la solución está en buscar formas nuevas de lidiar con esa realidad, pero la lógica no es, ni nunca ha sido, el fuerte de las grandes masas poblacionales. Añada Ud. caudillos furiosos, capaces de despertar los más elementales instintos de la conducta humana, con discursos incendiarios que pueden volverse violentos en cualquier momento, y quíteles los frenos legales construidos por la civilización desde los códigos de Hammurabi, y se obtiene la fórmula para una era de oscurantismo, que dadas las capacidades tecnológicas de autodestrucción, podría, en un arranque autoritario, terminar con la especie, o por lo menos devolvernos a la edad de piedra.

No exagero. Imagine que, al comenzar la II Guerra Mundial, Europa, EU y Japón hubieran tenido capacidad nuclear. Créame, no estaríamos aquí.

Necesitamos ilustración, no oscurantismo. Debemos reconocer las nuevas realidades. Ningún país puede, por sí solo, detener el cambio climático, o el avance de la inteligencia artificial. El mundo tiene que estar unido para enfrentar estos retos.

El nuevo entorno requiere una preparación distinta a la que impartimos hoy. Hay que diagnosticar adecuadamente las necesidades del mercado laboral del futuro, porque no se parecerá nada al actual. Esto va más allá de una reforma educativa, o de saber lidiar con los sindicatos. Tenemos que cambiar el marco intelectual de prioridades. Necesitamos más científicos, ingenieros en sistemas y programadores, y menos abogados o contadores, porque no están lejos las computadoras que hagan esos trabajos.

La capacidad de desarrollo en el futuro dependerá de reconocer esa realidad. El bienestar de los pueblos se logra creando capacidad productiva en sus individuos, no otorgando dádivas a los incondicionales. Y, sobre todo, reconociendo que el concepto de “nacionalismo” es un freno para el avance de la humanidad. No es casualidad que la corriente política de Adolfo Hitler se llamaba “Nacional Socialismo”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.