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14/05/2018

Entre más se acerca el 1 de julio y se incrementa de manera sustancial el ruido político, conviene meditar lo que nos está pasando como sociedad. Hemos permitido que la polarización rebase los límites de lo aceptable, al punto de que olvidamos cómo disentir civilizadamente. Se vuelve imposible, en el seno de una misma familia, que unos apoyen a Andrés y otros a Meade o a Anaya sin provocar enojos, desencuentros y hasta rupturas de las que acabarán arrepintiéndose. ¿Y, para qué?

A nivel personal, las cosas no cambiarán gran cosa. Gane quien gane, los retos que tendrá el ciudadano en su vida diaria volverán a ser comunes. Los cambios que intente poner en marcha el nuevo gobierno formarán una serie de circunstancias, nuevas o no, que los mexicanos de a pie deberemos enfrentar juntos para sobrevivir de la mejor manera posible. El peligro de que la ruptura social sea tan grave que impida esta cooperación poselectoral sería la peor consecuencia imaginable para México como país.

Los candidatos y sus personeros no parecen estar conscientes de que, luego de ganar (el que sea), hay que gobernar. Quien resulte el nuevo presidente de la República no tendrá un mandato claro. En el mejor de los casos, seis de cada diez mexicanos no habrán votado por él y dada la peculiar composición del Congreso, la agenda presidencial tendrá un camino accidentado. Esto es, si aguanta el Congreso como institución, asunto que es imposible dar por descontado, dada la proclividad de nuestros legisladores a poner por delante sus intereses personales y de partido, su tendencia a convertir las cámaras en un circo, y la facilidad con la que mandan a la congeladora cualquier iniciativa que enfrente cierta oposición.

¿Cómo se traducirá esta realidad poselectoral mexicana en la vida diaria? Porque alguno ganará y los demás perderán. El ganador tendrá la responsabilidad de crear una atmósfera política incluyente, en la que los mexicanos que no votaron por él tengan opciones de integrarse a una nueva realidad. Y más importante, tendrá que buscar mecanismos para contener a quienes sí votaron por él y ya sintiéndose empoderados tratarán de pisotear al antes adversario.

Ese es un caldo que no conviene a nadie. Dicho de otra forma, el país no aguanta otra toma de Reforma si pierde Andrés Manuel López Obrador, como tampoco aguanta un movimiento antilopezobradorista estimulado desde las bases de los partidos derrotados.

En cualquiera de los dos escenarios, la única salida posible es a la que siempre recurrimos: que se hagan bolas los de arriba, porque los de acá abajo necesitamos concentrarnos en poner comida sobre la mesa, educar a los chamacos, cuidar a nuestros viejos y recordar que las nubes de la política pueden afectar nuestra vida pero no nuestros valores.

Lo primero que tenemos que evitar en nuestro proceso postelectoral es lo que estamos viendo en Estados Unidos. Yo no sé si el nuevo ingrediente en la receta son las redes sociales. Sin duda, las redes abrieron un nuevo mundo de comunicación entre las personas pero también se han convertido en el vehículo por excelencia para diseminar odio y enfrentamiento, y hasta para fomentar violencia. Ni modo, ya están aquí y hay que lidiar con ellas. El uso faccioso, violento, insolente e intolerante que Donald Trump da a su cuenta de Twitter ha impedido que los estadounidenses superen sus diferencias electorales y avancen hacia una reconciliación nacional. Pero ese es el objetivo de Trump. Desde que empezó su mandato, su principal consejero y filósofo, Steve Bannon, dijo que quería el “desmantelamiento del estado administrativo”, o dicho de otra forma, al diablo con las instituciones. No lo ha conseguido aún pero lo sigue intentando.

Creo que ninguno de los candidatos quiere eso para México. Por más diferencias que haya, por más que se cuestionan formas y métodos de cada quien, creo que todos los candidatos buscan un México mejor. Y eso empieza por la reconciliación.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.