Opinión

Joaquín Guzmán Loera: una vida en fuga

Fueron trece años en fuga, pero también en operación.

Uno puede imaginarse el momento de la libertad recuperada, la sentencia arrojada a un lado, la respiración a pleno sol.

Lejano le parecería el día de marzo de 2014 en que concluirían los 20 años de su condena.

Entonces, frente a la urgencia de la libertad, habría pensado en 2014 como algo remoto, una débil promesa de la eternidad.

Había recuperado una libertad de medias, consciente de que su vida sería oculta. Sin rejas, viviría entre sombras para siempre, clandestino vitalicio.

Tendría tal vez, acaso no, la tentación de alejarse de su pasado y existir en la mediana luz de una paz inquieta. Poner distancia a su biografía, vivir para deshojar el tiempo.

Pero cuando Guzmán Loera escapó del penal de alta seguridad de Puente Grande no lo hizo para huir de sí mismo, sino para reencontrarse. De manera que en cuanto recuperó el aliento se saludó, se abrazó y se dispuso a seguir haciendo lo que hacía. Con intensidad y en enormes proporciones.

¿En algún momento pensó ser otro, reinventar la segunda parte de su vida, buscar un nuevo sino?

Tal vez para él esa no era opción. Hay actividades que se perpetúan a voluntad y contra voluntad. Sólo él sabe qué tendría que haber hecho para dedicarse a la nada o, en todo caso, si alguna vez pensó en ello.

Quizá el pasado no le permitía otro destino. O se lo permitía, pero él lo desechó. Sería la inercia, la vocación o la fuerza del único mundo que conocía. Pero decidió estar de vuelta. Crecer, ordenar, ampliar su poder y su fortuna. Añadir episodios a su historia, tal vez soñar en ser leyenda: el hombre que se evaporaba. Disolvencia de fantasía, teletransportación imposible. Siempre hay impulsos propios y ajenos que dan alas al mito.

Pero la leyenda del futuro se estrellaba en un presente avasallado: la vida en fuga.

A pesar de fortuitas, fugaces alegrías, la oscuridad rondaba siempre.

Todo clandestino, incluso los abrazos de sus afectos. Alarmas constantes, etapas de respiro, periodos de tranquilidad incierta, y luego, otra vez, vuelta a la acechanza que lo cerca.

La seguridad como obsesión, cámaras y túneles, acero que resguarda, arma que cobija, ventanas selladas, casas y camas por todas partes.

Amanecer para volver a buscar la noche.

Y mientras tanto la desconfianza aumentaba. Cada vez menos elegidos en su círculo cercano. La circunferencia se estrechaba incluso en su reinado, apretada la vida en la respiración que no debe oírse. Mata el veneno que atemoriza aunque no exista.

Cada vez más lealtades en duda. Menos deben saber dónde estoy, a dónde voy y dónde duermo. Cada vez menos hasta llegar a unos cuantos. Cada vez más solo.

En la madrugada del sábado 22 de febrero, a un mes de que se cumpla la condena que no ha purgado, la voz de un marino le ordena que se entregue. Está bien, dice cuatro veces.

Tal vez habrá pensado: Por fin la libertad. No más fuga

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