Opinión

'Jekyll' en Los Pinos

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Enrique Peña Nieto

El PRI, el gobierno, y tal vez el mismo presidente Peña Nieto, sufren de doble personalidad. No encuentro otra explicación, y sí mucha evidencia que confirma este diagnóstico.

En 1986, quienes gobernaban México deciden transitar por otra ruta. Entramos al GATT, expulsaron a Silva Herzog del gabinete, la política económica dio un vuelco, y una parte de la izquierda del PRI abandonó el partido. La nueva ruta del PRI es incompatible con su historia, y empieza la bipolaridad. Salinas llama a esa nueva ruta la “política moderna”, que consiste en aplicar la Perestroika sin Glasnost, por usar palabras de época: apertura económica sin libertad política. La soberbia de ese gobierno, el inesperado triunfo de Clinton, y la reacción violenta a la nueva ruta terminan con el experimento y para 1997 llega Glasnost, no hubo más remedio.

Con la derrota de 2000, el PRI intenta regresar a sus raíces y con ello recuperar la presidencia, pero ese espacio lo ocupó antes, y mejor, López Obrador. El PRI sufre ignominiosa derrota en 2006, y por fin entienden que las cosas han cambiado. Con disciplina y pragmatismo, empiezan a construir el regreso, que logran en 2012.

Pero no pueden resolver su doble personalidad. Se suman al Pacto por México e impulsan las reformas que habían quedado pendientes 20 años antes. Borran de la Constitución su historia, pero mantienen sus usos y costumbres, que ahora ya no tienen mucho sentido. Más aún, resultan perniciosas.

La reacción a esta segunda ronda de reformas es menos violenta que la anterior, pero importa. Ahora lo que se reclama es la falta de Estado de derecho que acompañe la apertura económica. Tardan, pero entienden, y acaban apoyando reformas en transparencia y anticorrupción que no eran las suyas, que vienen de la sociedad civil. Más importante, el presidente se compromete públicamente con el proceso, y en un par de semanas más de veinte congresos locales aprueban el sistema anticorrupción. Como hace veinte años, tienen que rendirse ante la presión, pero ahora lo hacen más rápido y mejor. Todo indica que entienden muy bien lo que está ocurriendo, y tratan de responder racionalmente.

Pero en la esfera que no es racional, las formas no cambian. Tal vez porque vienen de entidades que jamás han tenido alternancia, no imaginaban la debilidad estructural de la presidencia, el tamaño de la presión civil, la voracidad mediática. Las formas monárquicas del viejo régimen, que en los estados de México e Hidalgo parece que no han cambiado, a nivel federal son un obstáculo, un lastre.

El PRI, el gobierno y Peña Nieto mismo sufren de doble personalidad: entienden los nuevos tiempos pero no pueden quitarse las viejas formas. Por las formas, los rechazan quienes aprueban la nueva ruta; por las ideas, los que buscan la restauración. Tal vez esto no se refleje en la elección, que es intermedia, aburrida, y sin muchas opciones, pero sin duda se refleja en esa inexplicable angustia que hoy sufre la mayoría de los mexicanos.

Y es que, al final, no sabemos si tenemos enfrente al Jekyll del siglo XXI o al Hyde del viejo régimen.

Twitter: @macariomx

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