Oficina blindada
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Oficina blindada

07/12/2018
Actualización 07/12/2018 - 12:35

A veces hasta le ponían nombre. A veces nacía y moría llamándose simplemente “el pajarito”. Lo cierto es que ahí estaba, era uno más del grupo y a veces era el más importante del equipo. Simplemente los acompañaba con su canto, porque eso hacen los pájaros: cantan (y vuelan cuando no están en jaulas). La cosa es que su canto, además de compañía, era también la diferencia entre la vida y la muerte, porque la vida y la muerte en la mina eran así, una sorpresa. No sabías cuándo podía acabarse el aire y comenzar a inhalar un gas mortal. Si el pájaro cantaba, todo en orden, pero si no lo hacía, había que correr.

Comienzo con esto –consciente de lo lejos que me fui–, pero es la imagen que se me vino a la cabeza cuando vi el video de la nueva jefa de Gobierno de la Ciudad de México, entrando a la que será su nueva oficina y, más aún, al pensar que es una escena que simultáneamente se repite en otras oficinas de la ciudad y de todo el país. Es la imagen de personas que, como los mineros, se adentran en un futuro difuso e incierto en el que cada paso será una sorpresa y habrá que darlo con mesura o, mínimo, tomando precauciones. O eso es lo que haría yo si tuviera que tomar posesión de espacios que fueron ocupados por las gestiones anteriores.

En esta ocasión, la primera sorpresa de la jefa de Gobierno fue que las ventanas de su flamante oficina estaban blindadas. “Cada una de ellas pesa casi 500 kilos”, dice en el video, además muestra una especie de barricada que hay entre su escritorio y otra ventana de mil kilos a su espalda. También asegura que comenzará las gestiones para quitarlas y tengo entendido que así ocurrió.

Pero hay frases del video que quedan resonando en mi cabeza. La primera:

–Ya veremos qué hacemos con ellas. Ya veremos a quién le hacen falta.

Pónganlas a la venta. Seguro a quien las mandó a colocar le pueden interesar de vuelta, o a lo mejor conoce a alguien cercano que no le vendrían mal 15 centímetros de cristal que lo separen del mundo.

La segunda:

–No las necesito. Vamos a retirarlas porque la jefa de Gobierno no tiene miedo.

Más allá de buenos o malos, si hay algo que no necesitamos son líderes que tengan miedo. Es cierto y no es novedad que vivimos en un mundo violento, pero es un mundo violento para todos. La gente que vive en los lugares más peligrosos de nuestro país no tiene las ventanas blindadas y debe salir, y vivir, con el pecho descubierto. Esa seguridad es un lujo que pocos se dan.

¿Qué líderes tienen miedo? En Shakespeare (que algo supo de eso) eran los que tenían la culpa a flor de piel. Los que hicieron ese algo que los atormentaba; los que sienten y ven enemigos en todos lados y desconfían de los más cercanos. En el fondo, líderes que no guían, que son conquistados por el miedo y que no necesitamos.

Dice mucho de los inquilinos anteriores que hayan llegado a la conclusión de que su ambiente idóneo de gestión sea en un completo hermetismo, digno de búnker o de habitación de pánico. Pensando que cualquier cosa que pueda entrar por esas ventanas, no solamente puede, sino que efectivamente va a hacerles daño. El miedo y el pánico dejan fuera al peligro, a la amenaza, pero dejan fuera también al aire, a la luz, a la ciudad y a la gente. Blindemos las ventanas, no vaya a ser que entre una idea, no vaya a ser que escuchemos los reclamos de la gente.

Sorpresas habrá, esto recién comienza, ahora veremos qué esconden esos muros, cuáles son los libros que activan los pasadizos secretos, cuáles son los cuadros que mueven sus ojos y qué botones abrían las trampillas y soltaban los perros.

Recién comenzamos a adentrarnos, el pájaro no para de cantar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.