La transición inesperada
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La transición inesperada

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La transición inesperada

04/07/2018
Actualización 04/07/2018 - 8:41

El 17 de diciembre, los latinoamericanos fuimos testigos de un gesto poco visto en la región: tras las elecciones presidenciales en Chile, los canales nacionales de televisión transmitieron por primera vez en la historia la tradicional llamada entre el presidente de la nación y el candidato electo. En ella aparecían Michelle Bachelet y Sebastián Piñera con un teléfono fijo en la oreja y un escritorio que enmarcaba la formalidad del hecho. “Quería llamarlo para felicitarlo por su triunfo y desearle una muy buena gestión en su mandato porque usted y yo queremos a Chile, queremos nuestro país y queremos lo mejor para todos”, dijo Bachelet. “Nunca he tenido la menor duda de que tanto usted como yo queremos lo mejor para Chile, y le quiero pedir algo, porque yo sé que su experiencia y su sabiduría como presidenta nos pueden ayudar mucho en los caminos del futuro, así que espero tener la oportunidad de conversar con usted y recibir su sabios consejos y toda la experiencia que usted tiene como presidenta de todos los chilenos”, le contestó Sebastián Piñera.

Recuerdo haber sentido envidia de la democracia consolidada, de la civilidad y de lo que se debe hacer cuando se entiende que las elecciones no son más que la búsqueda de un bien común y no de un beneficio de élites.

Recordé haber dicho en radio que en México estábamos lejos de aquel escenario, que nuestras últimas elecciones habían tenido voces de fraude, descontento, y que existía siempre una nebulosa de desconfianza que era alimentada por las voces de los propios políticos –ganadores y perdedores.

Somos parte de una generación que vio a un presidente entrar y salir por la puerta de atrás mientras se quitaba una banda que le quedó grande al que se la daba, los testigos de este momento eran congresistas que no dejaron de gritar la palabra “fraude” mientras le mentaban la madre a otros que aplaudían la llegada del candidato cganador’. Nosotros, los televidentes, no alcanzábamos a escuchar las voces de los participantes de esta ‘fiesta democrática’, los micrófonos de ambiente se cerraron, los que estaban en el estrado eran insuficientes y así tuvimos en 2006 un proceso para el olvido. El 2012, aunque menos polémico, tuvo voces de inequidad, guerra sucia, y de inconformes.

Ayer fuimos testigos de algo que hay que atesorar, de un momento en el cual nos debemos detener y digerirlo como sociedad: el presidente en funciones dialoga civilizadamente con el candidato electo en Palacio Nacional y hablan de una transición pacífica, no es cosa menor para los últimos doce ‘democráticos’ años que hemos vivido.

Dos declaraciones para enmarcar, la primera desde la cuenta oficial de Presidencia: “Durante el encuentro, el Presidente manifestó la disposición del gobierno para llevar a cabo una transición ordenada y eficiente en beneficio de las mexicanas y mexicanos”, y la segunda, por parte de López Obrador quien señaló: “Le agradecí al presidente Peña por actuar de manera respetuosa en el proceso electoral. Me consta que cuando un presidente interviene en las elecciones no hay una auténtica, una verdadera democracia […] vamos a ser respetuosos de las formas, porque las formas son fondo […]. Estamos llamando a la unidad, a la concordia, es lo que necesita el país. Vamos al cambio por el camino de la concordia, de modo que agradezco las muestras de solidaridad, las felicitaciones, la disposición a ayudar para que a los mexicanos nos vaya bien en este cambio […]. No tengo enemigos, no quiero tenerlos, tengo adversarios. Y a ellos extiendo mi mano abierta y franca, a todos”.

El paso dado ayer para una transición pacífica marca un antes y un después para miles de jóvenes menores de 20 años que votaron por primera vez y que han conocido otra cara de la democracia, esa donde a las 20:45 los candidatos rivales aceptan la derrota y se retiran de la contienda. Muchos dirán que era lo único que les quedaba dado el margen entre el puntero y ellos, pero no, créanme que la democracia mexicana es capaz de todo y no estábamos acostumbrados a políticos que tras el escenario perdedor dieran certidumbre.

Desde el domingo hemos sido testigos de un país desconocido para cientos de miles, es cierto que cambió el estado de ánimo, pero también comenzamos a darnos cuenta que algunas instituciones sólo requerían voluntad política.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.