La tragedia que compartimos
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La tragedia que compartimos

15/03/2018
Actualización 15/03/2018 - 10:59

Las víctimas siempre primero, en el centro de todo. Ahí deberían de estar, desde ahí las debemos escuchar y proteger. Una de las tragedias más grandes del sexenio, los 43 estudiantes desaparecidos de la escuela rural normal de Ayotzinapa, no ha sido resuelta.

A los cientos que buscan una respuesta sobre su desaparecido, la justicia mexicana les ha cerrado la puerta en la cara; las autoridades los han humillado, despreciado y violentado. Han visto pasar procuradores, se han sentado de frente con el presidente, han recorrido miles de kilómetros marchando y ni así han logrado que los traten dignamente.

El 26 de abril de este año, 43 familias habrán cumplido 43 meses buscando respuestas en el vacío, limpiando sus lágrimas con los reclamos de justicia y exigiendo que aparezcan unos hijos que el gobierno enterró debajo de una verdad histórica que, por más que repiten, ellos tampoco creen.

Ayer, el Centro de Análisis e Investigación Fundar presentó el informe ‘Yo sólo quería que amaneciera. Impactos psicosociales del caso Ayotzinapa’, en él se rescata a las víctimas del olvido gubernamental; si ellos no han sido capaces de escuchar, la sociedad civil tiene la obligación de hacerlo y no olvidar que han perdido un hijo, un hermano, un primo, un nieto, y después de un hecho de esta magnitud, no se vuelve a descansar.

Recuerdo nítidamente el texto de Tryno Maldonado en Emeequis, titulado ‘Las mujeres de Ayotzinapa’. Recuerdo la historia de Hilda Legideño, una madre en busca de su hijo Antonio Tizapa Legideño, desaparecido la noche del 26 de septiembre de 2014. Recuerdo el platillo favorito de su hijo: fiambre tlixteco –una combinación de tres carnes y una salsa agridulce llamada 'agrito', acompañado de pan blanco–, platillo que le hizo el último cumpleaños que compartieron juntos.

Recuerdo lo difícil que era para ella regresar a lo que alguna vez llamó casa: “No puedo volver a casa. Estando allá unos cuántos días es cuando más se siente la ausencia. Es cuando quisiera una olvidar todo. Pero no se puede olvidar. Es cuando más se recuerda… por lo único que estamos luchando es por nuestros hijos. A nosotras no nos interesan las cosas materiales. Nos han ofrecido de todo… no hay cosa material que pueda sustituir la vida de un hijo”.

Recuerdo el cuarto de Antonio descrito por Tryno, dibujado por todas partes. ¿Cuánto se rompe con la ausencia de un hijo? ¿Cómo se destierra una casa? ¿Cuánto significa un platillo? ¿Cómo se despintan las paredes de un cuarto? La tragedia desconoce límites.

En el informe presentado por Fundar a más de tres años de la tragedia, se palpa no sólo la ausencia de 43 y el dolor de 43 familias, sino el miedo, la sed de justicia y de respuestas que toda una comunidad de sobrevivientes tiene instalados en su casa y en su alma desde entonces.

“Nos vamos muriendo poco a poco al no saber de nuestros hijos… Al gobierno no le ha importado, siguen diciendo mentiras y generándonos dolores en lo más profundo de nuestro corazón”, dijo Hilda Hernández, quien relata los efectos que ha sufrido desde la desaparición de su hijo, César Manuel González, uno de normalistas desaparecido.

El informe retrata las consecuencias no sólo de la tragedia, sino de la constante revictimización a la que están sometidas las familias. Viven bajo las reglas de un gobierno que les quitó la tranquilidad, que los ignora y que no ha sabido reparar en alguna medida el daño causado por la mortal impunidad que se ha instalado en cada rincón del país.

“El estudio da cuenta de la manera en que estos impactos se han profundizado a lo largo de tres años debido a la impunidad, entendida no solamente como la falta de investigación y sanción a los responsables, sino que incluye las actuaciones de las autoridades que han obstaculizado la investigación y manipulado la verdad.

“En este sentido, el estudio describe, a través de la voz de las víctimas, los impactos revictimizantes de la estigmatización de los normalistas –que en su momento fueron señalados como parte de grupos de la delincuencia–, la difusión de la llamada ‘verdad histórica’, sin sustento científico, y de otros eventos en los que el Estado ha sostenido esta versión de los hechos. Estos eventos en su conjunto configuran una secuencia traumática, que ha generado la ruptura de la confianza de las víctimas hacia el Estado”, se lee en el documento.

Estas recomendaciones no son nuevas y, sin embargo, no han sido tomadas en cuenta. No son exigencias distintas a las que se hicieron desde el primer día en que los estudiantes no llegaron a sus casas. No es nada diferente a lo que cualquiera de nosotros exigiríamos. Y es que la tragedia de los 43 no es sólo de ellos. Es la historia de un México de impunidad. Es la tragedia que todos compartimos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.