La lengua del futbol
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La lengua del futbol

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La lengua del futbol

22/06/2018
Actualización 22/06/2018 - 14:58

No sólo en la cancha se cuentan las historias más entrañables de un Mundial. A poco más de 12 mil 500 kilómetros de Moscú, en Perú, se escucha la voz de un hombre que inventa cómo nombrar una gambeta de Raúl Ruidíaz; o un despeje de Pedro Gallese, que se pierde en el cielo; o un cruce salvador al borde del área de Aldo Corzo. ¿Cómo narrar algo a lo que todo un pueblo le es ajeno y hacer que se desborde de pasión? La historia nos la contó ayer el periodista Raúl Vilchis en las páginas interiores de The New York Times, el reportaje titulado 'El hombre que se entrenó para narrar el Mundial en quechua' llega directo al corazón de cualquier apasionado del lenguaje y del futbol.

Vilchis nos presenta a Luis Soto, un conductor de un programa deportivo que narra los partidos de la Selección peruana de futbol en su lengua nativa, el quechua: “Soto narra las acciones que suceden en el campo de juego con referencias que resultan más cercanas a su hogar en Cusco, Perú. Cuando un mediocampista controla el balón y neutraliza ataques está sachando la tierra. Cuando un jugador patea el balón, con fuerza, comió mucha quinua. Y cuando Edison Flores, una de las grandes estrellas de Perú, anotó un gol contra Ecuador que ayudó a que el equipo clasificara a la Copa del Mundo en Rusia, Soto dijo que el jugador construyó carreteras donde sólo había unos senderos estrechos”. Por donde se le vea es uno de los reportajes más hermosos que se han escrito de los alcances del deporte, de la adaptación de un pueblo que era huérfano de un lenguaje y que en 2018 está dispuesto a aprenderlo.

Al reportaje lo acompañan cinco fotografías de Ángela Ponce, donde aparece Luis Soto en acción; en una está en una grada narrando el gol del Cienciano, un equipo de Cusco; en otra, él frente a sus notas, 500 términos futboleros traducidos al quechua. El lenguaje del futbol nace de la voz y de las épicas de once hombres en una cancha; el equipo peruano en el Mundial necesitaba un orador en quechua de una historia que también ellos contarán a sus nietos.

Ayer platicaba con el periodista Enrique Hernández Alcázar de cómo vivió la victoria de México sobre Alemania. Me dijo que la había compartido con su hijo de ocho años, sobre todo le había sorprendido cómo había manejado el estrés de los últimos veinte minutos del partido: “terminando el juego salió corriendo al patio, sin decir nada tomó la bandera, gritó México y empezó a cantar el Himno Nacional”, ante este cuadro inédito de nacionalismo desbordado y de pasión futbolera desconocida en ese niño llegamos a la conclusión de cómo estamos siendo testigos de una generación que podría crecer con otra mentalidad; a su misma edad yo había sido testigo de cómo nos descalificaban por meter cachirules y Enrique Hernández había llorado cuando nos quedamos en el camino por culpa de los penales. Queda claro que el futbol no sólo inventa un nuevo lenguaje, sino que marca un estado de ánimo generacional.

Ojalá en este Mundial agreguemos nuevas palabras al léxico del futbol nacional; ojalá desterremos el ‘ya merito’ y aprendamos adjetivos menos terribles que marcarán a esos testigos de ocho años que no conocen de tragedias pasadas.

Mañana sabremos si se trató de un espejismo germánico o de una realidad a la que nos podemos acostumbrar, en tanto en Perú un hombre seguirá narrando las épicas de un deporte que ahora habla otra lengua.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.