"¡Fuera narcos de la UNAM!"
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"¡Fuera narcos de la UNAM!"

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"¡Fuera narcos de la UNAM!"

26/02/2018
Actualización 26/02/2018 - 11:51

Vivo en un país donde en una semana, en una comunidad con menos de 32 mil personas, dos precandidatas a un puesto de elección popular son asesinadas y no pasa nada. Vivo en ese país donde en la universidad más grande, aquella que los mexicanos presumen como una de las de mayor prestigio en América Latina, ya ocupa encabezados que relatan cómo la imparable violencia deja balaceras, muertos y detenidos dentro del campus universitario más grande del país.

En junio pasado, en este espacio escribí sobre el miedo que se respira dentro de un ambiente que sólo debería inspirar progreso, educación, investigación y formación, pero que se ha convertido en el reflejo de un México sangrante al que las autoridades han abandonado. Las de afuera y la de dentro. Ocho meses después de esa columna la situación no ha mejorado.

Este domingo, al medio tiempo del partido Pumas vs. Chivas, en Ciudad Universitaria, se mostró en la pantalla del estadio la consigna “¡Fuera narcos de la UNAM!”. Aparece dos días después de una balacera dentro de las instalaciones de la máxima casa de estudios que dejó dos hombres muertos, de 20 y 29 años.

La Rectoría de la UNAM a las pocas horas se deslindó del mensaje proyectado, señaló que no se trató de un pronunciamiento de la institución universitaria sino del club de futbol que representa esa universidad cuya afición es una de las más grandes del país, pero frente a este escenario no sé qué es peor: ¿el querer deslindarse de una preocupación de su comunidad o actuar como el propio gobierno federal al no asumir la acción de una de sus instituciones?

Imagino la decisión del club sabiendo que sería uno de los partidos más vistos para dar el mensaje, si no hay coordinación con Rectoría, ¿para quién era la consigna? ¿Para presionar a las autoridades escolares, para el gobierno local, para el federal o para los miembros del crimen organizado? Cualquiera que sea la respuesta, no recuerdo un posicionamiento en solitario de un club de futbol con motivo de la violencia y el narcotráfico en este país. Peor aún: con motivo de la violencia y el narcotráfico dentro de la escuela.

La violencia ha permeado tanto entre nosotros que no sólo ha tocado el ámbito político, no la vemos sólo en las calles, ya llegó hasta las aulas. Frente al creciente problema, las autoridades universitarias parecen estar atadas de manos.

Después de la balacera del viernes, el rector Enrique Graue ofreció una conferencia en la que tuvo que reconocer públicamente que el problema ya está fuera del alcance de la limitada vigilancia con la que cuenta la UNAM. La violencia ya no se puede negar, sí, pero tampoco se trata de una resignación que sólo la deje crecer como desde hace dos sexenios le ha pasado al país.

“La Universidad, desde hace ya años, no había sufrido actos de violencia entre grupos del narcomenudeo y es muy doloroso que lo hayamos vuelto experimentar. A fin de cuentas, su muerte es el producto la de la desesperanza en la que está envuelta parte nuestra juventud”, dijo más como justificación que como explicación.

¿Cuál es la mejor salida? Ante la presión de estar al frente de una universidad en la que en menos de un año al menos siete personas han muerto en distintos hechos, incluyendo el caso de Lesvy Osorio, se ha escuchado ya una propuesta que encierra un riesgo ante la autonomía: que la policía entre a las instalaciones.

Graue, que sabe lo política que es la población universitaria y la calidad de nuestras instituciones de seguridad en quienes no se puede confiar, ya se adelantó: policía no. “Solicitar el desalojo por las fuerzas policiales representa un riesgo de violencia armada en dónde pueden salir lesionados inocentes y no por ello se podría garantizar la ausencia permanente de narcomenudistas, y vivir constantemente en un estado de vigilancia armada nunca fue, ni será una opción por considerar”, dijo.

Y aunque eso implica asumir una responsabilidad, lo cierto es que la encrucijada no es fácil. Siempre escuchamos que una de las vías para combatir la violencia está en la educación, pero qué pasa cuando es justo un centro educativo el que está fungiendo como la muestra viva del quiebre de una sociedad donde ahora vemos delitos dentro de universidades, una violencia en escalada frente a la temible realidad: un país con elecciones en puerta, donde ninguno de los contendientes está ofreciendo soluciones.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.