El odio de Mikel
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El odio de Mikel

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El odio de Mikel

02/05/2018
Actualización 02/05/2018 - 13:16

En un país donde se mutilan cuerpos todos los días, la famosa promesa de campaña del Bronco tan sólo ha legitimado la barbarie. Así lo reportaba el periodista Ezequiel Flores, en Guerrero, en las páginas de Proceso, un día después del debate: “Esta madrugada fue localizado el cuerpo de un hombre desmembrado en Acapulco, junto a una cartulina con un mensaje donde se hace alusión a la propuesta que lanzó ayer el candidato presidencial Jaime Rodríguez, El Bronco, en el sentido de cortarle la mano a los ladrones. ‘Ya lo dijo El Bronco, cortarle las manos a los lacrosos que roban. Aquí está el primero. Atte: Los Enterradores’, señala el mensaje plasmado en una cartulina que fue dejada a un costado de los restos humanos en la periferia del principal destino turístico de la entidad”.

Es cierto que no se puede culpar a Jaime Rodríguez Calderón de la violencia brutal ni de la impunidad que la permite, pero las palabras pesan y se desbordan, más cuando las escuchan 13.1 millones de personas en televisión abierta.

Lo dicho por Rodríguez Calderón es el extremo de la estupidez, la “ocurrencia” (así definida por el candidato) más torpe de todas, y en eso derivó. ¿Qué significaría que las campañas, que de por sí ya son violentas, fueran encabezadas por candidatos que, con la mano en la cintura, mandan adjetivos ridículos e insultos a sus pares? No quiero imaginar lo que sería capaz de hacer un seguidor frustrado con la derrota.

Estamos tan enojados y tan indignados con todos los problemas que nos aquejan, que el odio es un poderoso detonante que, lejos de contribuir al desarrollo del país, sólo está abriendo grietas en las personas. Los discursos fomentan la intolerancia, el castigo, en vez de enfocarse en la reconstrucción de un tejido social que nos sane.

El odio fomentado desde el discurso de un candidato presidencial de ninguna forma es justificación para la violencia que alguien pueda ejercer, pero sí es un permiso explícito para buscar castigos que estén alejados del respeto a los derechos humanos. El Bronco es un botón de muestra extremo, pero no es el único.

Miguel Ángel Mancera, por ejemplo, mantuvo durante dos años, cuando fue jefe de Gobierno, el discurso incesante de que el crecimiento delictivo en la CDMX se debía a que el Nuevo Sistema de Justicia Penal estaba dejando salir delincuentes en una puerta giratoria y que eran ellos los que estaban violentando a la ciudadanía. Las personas en prisión, más de 30 mil en el caso de la capital, infringieron una ley y como tal hay una pena que marca el Código Penal que deben cumplir; sin embargo, señalarlos sin dar oportunidad a una reinserción real en la sociedad, con una oportunidad para hacerlo bien una vez que dejen la prisión, es también una muestra de intolerancia que incita al odio, al prejuicio y que en nada abona a la reconstrucción del tejido social.

En la Ciudad de México, en una campaña enmarcada por mítines que llegan a los golpes y candidatos que no pueden hablar en una plaza pública por miedo, uno de los participantes ha decidido poner la vara muy alta en la categoría de spots violentos: hablo de Mikel Arriola, candidato del PRI. Desde hace algunos días circula el siguiente spot en varias estaciones de radio: “No es justo que las ratas de Morena y PRD, que son lo mismo, no le surtan agua a las familias que no votaron por ellos. Eso se llama no tener ya saben qué y ya saben quién; les prometo que estos malditos chantajistas terminarán en la basura. Todos ustedes tendrán su agua sin importar el partido. Soy Mikel Arriola y para mí, tu familia es primero. Candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de México, PRI. Nosotras queremos a Mikel”.

Uno pensaría que la violencia hacia el electorado viene disfrazada de un usuario anónimo que tiene la imagen de una caricatura en su avatar y que vive insultando de manera ridícula sin parar a diestra y siniestra, pero no, la violencia también viene de un candidato que precisamente ha violentado los derechos ganados en lo que alguna vez fue una 'ciudad de vanguardia'.

Arriola encontró en el odio el arma para crecer y ganar popularidad. Es un candidato con lejanas posibilidades de ocupar la jefatura de Gobierno, pero, no por ello, su discurso es menos peligroso. Hay una gran mezquindad en usar el enojo social como una bandera electoral. No hay propuesta en el insulto y, por supuesto, tampoco hay inteligencia.

El odio se volvió una promesa de campaña. Un espejo que, en un México impune, es de fácil reflejo para cualquiera. Claro que hay enojo en los padres que pierden hijos, en las víctimas de delitos, en quienes no pueden salir de la pobreza, pero no es hiriendo al otro como vamos a encontrar salida. Aquello de ojo por ojo, sólo nos dejaría un México de tuertos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.