Adiós, Enrique
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Adiós, Enrique

23/08/2018

Cuánta razón tiene el politólogo Gibrán Ramírez Reyes cuando dice que “no ha sido Enrique Peña Nieto un presidente que ame las palabras. A veces, incluso, las atropella con saña”. Hace un par de días, en una entrevista con la periodista Denise Maerker, hizo gala de su acotada visión, en lo que fue, tal vez, su última entrevista en cadena nacional en horario estelar.

Se comportó temeroso, inseguro, vacilante, como quien sabe que la memoria de un país lo tratará mal. Cuando Maerker le preguntó cómo quería ser recordado, el Ejecutivo saliente llenó el tiempo con palabras obvias, con enunciados carentes de legado: “Mira, el saber como Presidente que le cumplí a México, que le cumplí y cumplí con mi deber y tarea. Me vas a obligar a decirte la diferencia entre haber sido gobernador del estado y ser Presidente de la República; yo pensé en aquel entonces algo que podía parecerse, pero que simplemente era un tema de escala y de dimensión, gobernar un estado o gobernar todo el país, y sí es muy diferente, no se parece, o se parece muy poco, en algo quizá, pero el nivel de responsabilidad que tiene un Presidente sobre lo que le ocurra a un país, sí depende en mucho de las decisiones que tome el Presidente de la República, y decisiones que muchas veces no son cómodas ni populares”. Y bueno, así será recordado en sus propias palabras, como alguien que nunca supo comunicar los logros y que se mostró evasivo al momento de enfrentar la crítica y las adversidades. Un hombre que fue criado para llegar a Los Pinos, pero que demostró no saber qué hacer estando ahí. Alguien que no tiene claridad, ni en las últimas semanas, de expresar algún triunfo presidencial.

El tono de la conversación se conoce a medias. Por cuestión de tiempo en televisión, la entrevista debió de ser editada y son evidentes los cortes en los silencios y las transiciones de un tema a otro; sin embargo, este último acercamiento con el espacio más visto a nivel nacional sirvió para confirmar que su miopía en los temas como Ayotzinapa o la casa blanca, hicieron imposible la reparación de la confianza ciudadana.

El perdón más importante de la entrevista no fue por la incapacidad de una Procuraduría General de la República, que siempre le falló, no, de lo único que se arrepiente es de haber obligado a su esposa Angélica Rivera a dar una explicación por el conflicto de interés de la casa blanca, de nada más. Un conflicto que sigue sin asumir como conflicto, pero en el que resbaló admitiendo su participación en la adquisición de la propiedad “como matrimonio” junto a Angélica.

Su descontento es evidente: hace menos de 72 horas, Andrés Manuel López Obrador le ha dejado claro que su reforma más importante –calificada así por el propio Ejecutivo– será borrada. Quizá por eso no supo decirse orgulloso de nada. En otras entrevistas preelectorales, cacaraqueó siempre las “reformas estructurales” como aquello que logró para México. Hoy, ni de eso quedará huella. Durante seis años construyó algo que se derrumbó ante sus ojos en Palacio Nacional, y en la entrevista no pudo ocultar su tristeza. Para él es una batalla perdida, que no puede ni quiere luchar.

Es una entrevista mucho más sobre su derrota siendo Presiente que sobre un corte de caja gubernamental propicio para presumir algo… lo que fuera… no lo tiene.

En menos de una semana comienzan los spots de su último informe; hemos transitado de no ser capaces de ver “las cosas buenas que casi no se cuentan”, a hacernos creer que “las cosas buenas cuentan y siguen contando”. ¿Cuál será el slogan de despedida?

En materia de corrupción, admite la insuficiencia de una estrategia. Aunque el PRI y su gobierno aún tenía la captura de Javier Duarte como una de las pocas cosas con qué revirar cuando se les tilda de dejar esos casos en la impunidad… horas después de la entrevista, con la PGR reclasificando el delito de Duarte y casi abriéndole la puerta. Hasta en eso está derrotado.

Enrique Peña ya casi es un recuerdo borroso en la silla presidencial. De él se recordarán burlas y errores, chistes y tragedias… la debacle de su partido, los 43 desaparecidos… pero de él, de sus decisiones, de un legado para el país que deja con más de 100 mil muertos, quedará sólo un mal sabor de boca con palabras vacías.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.