Cuando la IA reacciona como humano
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Cuando la IA reacciona como humano

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Cuando la IA reacciona como humano

25/05/2018

En la película “Náufrago”, Tom Hanks se queda solo en una isla. Y tiene como compañero a un balón al que llama Wilson. Es el retrato perfecto de la necesidad humana de empatía y conexión sobre los objetos. Incluso con la Inteligencia Artificial (IA).

Es parte de la naturaleza humana crear a imagen y semejanza. Como dice el Génesis de la Bilblia que Dios hizo con el hombre. Y también ahí se señala que llega un momento en el que la creación se rebela. La desobediencia como un inevitable principio de libertad.

El fenómeno de hacer semejante a nuestras creaciones se ha repetido innumerables veces. Todavía está fresca en nuestra memoria Boston Dynamics y sus androides, que hace 15 años sorprendían con sus movimientos escalofriantemente humanos. Tanto, que intimidaban a quienes interactuaban con ellos. Cuando sus avances interesaron a la industria militar, Google (que la había comprado en 2013) decidió venderla.

Los humanos conferimos una personalidad a lo que creamos. Algo que se nos parezca y que nos resulte empático: es lo que buscan los fabricantes para que el usuario porte y consuma la tecnología, para que trabaje con ella, para que interactúe.

Si no humanizamos a las máquinas, fallará su integración a la sociedad. Generar empatía es un requisito para su funcionamiento social: que la gente no sienta que dialoga con una máquina, sino con un semejante.

De ahí que se ha creado DeepMind: la máquina aprende. Los algoritmos cruzan bases de datos, relacionan hechos, hacen proyecciones. Es lo que se está volviendo norma en la IA; esos robots también reaccionan con comportamientos humanos.

Una de las pruebas más recientes se comentó en los medios sociales respecto al sistema DeepMind AI de Google, un juego en el que los rivales asumen estrategias agresivas, como disparar rayos láser, con tal de tomar todas las manzanas.

De ahí que ya se hable de conocimiento digital, que son los artefactos que funcionan “como si” fuera una mente humana para aplicaciones comerciales y recomendaciones, como tomar mejores y más rápidas decisiones, como comprar un seguro, elegir una tarjeta de crédito… y en un futuro hacer algunas inversiones.

Más allá, la IA podrá hacer todo eso y apoyarte si padeces estrés. Imagina la asistente virtual de tu aseguradora, con voz tranquila que te dirá cómo reportar el choque que acabas de tener, mientras te apacigua con palabras amables y monitorea tus signos vitales.

Los humanos buscamos darle una suerte de sentimientos y personalidad a la IA. Cuando la regla inevitable de la rebelión llegue, tendremos que expulsarlas del Paraíso. O al menos tener una salida para hacerlo.

La capacidad de modelar la experiencia humana a través de la IA no solo es posible, sino inevitable y estará presente en todos los ámbitos.

Hoy, la meta es emular cómo piensa un humano. La pregunta no es si lo lograremos, sino cuándo y cuáles serán las previsiones que habremos tomado como humanidad para que esto no afecte nuestros intereses.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.