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Opinión

Versus #MeToo

16/01/2018
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Organizaciones piden extender la alerta de género en Edomex
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Lo políticamente correcto camina de la mano con la censura e invade cada vez más espacios. El procedimiento es simple. Primero, un 'comité', que nadie nombró ni autorizó, inicia una especie de cacería de expresiones incorrectas, porque rozan el racismo, la misoginia o la homofobia. Ehhhpuutoooo, por ejemplo, fue satanizado como una agresión contra los homosexuales. Luego, mediante la presión de los políticamente correctos, se logró que la FIFA prohibiera el grito en los estadios y sancionara a los infractores.

El ánimo justiciero, en esta materia, se puede llevar mucho más lejos. Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, fueron espulgadas para eliminar el término nigger. Y en Nueva York se reunieron más de ocho mil firmas para exigir que el MET retirara El sueño de Teresa, una pintura de Balthus de una niña de 13 años, porque incitaba el voyeurismo y la cosificación de los niños.

Sobra decir que con semejantes criterios, no una sino muchas obras de literatura, como Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, deberían ser prohibidas. Para no hablar de canciones rancheras, como El preso número 9 y Quince años tenía Martina, que incitarían al feminicidio. Y ya entrados en gastos, Otelo, de Shakespeare, debería correr la misma suerte. A contrapunto, la semana pasada se estrenó en Milán una versión corregida de la ópera Carmen, para enviar un mensaje contra el feminicidio en Italia.

Resulta imposible no encontrar coincidencias entre ese afán censurador-prohibicionista del feminismo y las campañas de reeducación durante la Revolución Cultural China, que se proponían no sólo destruir el arte burgués –contaminado por la clase dominante–, sino crear un ‘arte’ comprometido con la edificación del hombre nuevo.

Ese radicalismo ha provocado reacciones entre mujeres que antes se asumieron como feministas y ahora se deslindan. Es el caso de la escritora francesa, Abnousse Shalmani, quien afirma que el “feminismo se ha convertido en un estalinismo con todo su arsenal: acusación, ostracismo, condena”. Y en la misma tesitura, 100 mujeres francesas, entre las que están Catherine Deneuve y Catherine Millet, firmaron la semana pasada un desplegado contra el movimiento #MeToo: “como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y a la sexualidad”.

El radicalismo que afirma que el machismo cosifica a las mujeres y las convierte en objetos sexuales ha terminado prohibiendo el uso de faldas cortas o la presencia de mujeres hermosas en los podios de premiación. En Estados Unidos la organización para golfistas profesionales femeninas (LPGA) envió el año pasado una circular a todas sus integrantes prohibiéndoles minifaldas, escotes y mallas, so pena de multarlas con mil dólares la primera vez y el doble si son reincidentes. La circular fue la respuesta a las protestas de algunas jugadoras que criticaron la vestimenta de otras compañeras.

Julián Marías ha descrito con agudeza la naturaleza de este victorianismo: Lo que nunca consiguieron los mojigatos, los represores, los que cortaban los besos en las proyecciones de las películas y plantaban grotescos y espúreos títulos de crédito sobre un escote de Sophia Loren 'libidinoso', lo están logrando las actuales pseudofeministas traidoras a su causa, entre las cuales da la impresión de haberse infiltrado una quinta columna de curas y monjas y señoras remilgadas y beatos de antaño.

A lo que hay que agregar el radicalismo contra hombres que son denunciados, como sucedió en México, por gritarle un piropo a una joven en la calle o el ‘linchamiento’ en Hollywood de personajes por haber coqueteado con alguna actriz. A final de cuentas, como se advierte en el desplegado de Le Monde: “La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”.

De ahí que Millet, Deneuve, et alii concluyan con las siguientes palabras: “El filósofo Ruwen Ogien defendió la libertad de ofender como algo indispensable para la creación artística. De la misma manera, nosotras defendemos una libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual”.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.