Anaya y Vargas Llosa
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Anaya y Vargas Llosa

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Anaya y Vargas Llosa

03/04/2018
Actualización 03/04/2018 - 9:53

Por increíble que parezca, Vargas Llosa entiende mucho mejor que el entorno de Ricardo Anaya el peligro que representa AMLO no sólo para México, sino para América Latina.

El populismo autoritario del líder de Morena y su conexión con el ‘socialismo del siglo XXI’ de Chávez y Maduro, no son delirios de una noche de verano del premio Nobel.

Vargas Llosa vio y padeció el surgimiento del fujimorismo en Perú, ha sido un crítico agudo y consistente del castrismo, para no mencionar el chavismo, y un defensor de la libertad y la economía de mercado. Nadie puede acusarlo de ser miembro de ‘la mafia en el poder’ ni de haber defendido al PRI. Su definición de la ‘dictadura perfecta’ lo avala.

Por eso su alerta sobre el riesgo que corre México molestó tanto a López Obrador y Morena. No en balde AMLO lanzó un spot apartándose de Chávez y Maduro para conjurar el miedo.

Pero vale advertir que reconociéndose juarista y cardenista, López Obrador no se deslinda ni por equivocación de los regímenes cubano y venezolano. Sus afinidades son evidentes y no se pueden tapar con un dedo.

Enumero:

Primero, jamás ha formulado una crítica ni contra Fidel Castro ni contra Hugo Chávez, para no mencionar a Maduro.

Segundo, está convencido de que la situación que atraviesa Venezuela, en materia electoral y democrática, es superior a lo que ocurre en México.

Tercero, está rodeado de personajes que proponen expandir la experiencia del ‘socialismo del siglo XXI’ a México y Latinoamérica. Me refiero a fieles de su primer círculo: Yeidckol, Ackerman, Padierna, Díaz Polanco y Noroña.

Cuarto, defiende una democracia representativa y una participativa –al estilo Hugo Chávez–. Para entender cómo funciona la segunda, basta recordar la votación a mano alzada en el Zócalo, el 20 de noviembre de 2006, que lo invistió presidente legítimo de la República.

Quinto, está convencido de que él y sólo él puede regenerar al país. Su misión es histórica e irrevocable. Está más allá de las urnas. Exactamente como Fidel Castro y Hugo Chávez.

Sexto, la promesa de no reelección es tan hueca como efímera. Si el pueblo pone y el pueblo quita, cada dos años bastará una concentración masiva en el Zócalo y una votación a mano alzada para respaldar la reelección.

Séptimo, procesarla en el Congreso sería mucho más fácil de lo que parece. Bastaría que Morena obtuviera una mayoría calificada en la elección intermedia o que la lograra antes como consecuencia del desfondamiento del PRI y el PRD.

En suma, el peligro del populismo en México es una realidad. Lo ha sido desde 2006. La denuncia, en ese entonces, fue mucho más que una estrategia de campaña, como ahora se dice.

Para reforzar lo anterior, baste tener presente que López Obrador hizo hasta lo imposible para impedir la toma de posesión de Felipe Calderón, con la intención de abrir una crisis constitucional que diera pie a un interinato.

En el primer círculo de Anaya, sin embargo, se da por sentado que la denuncia del peligro que representa el populismo ya no es creíble. Por lo tanto, no tiene sentido reeditar las alertas de 2006 o retomar las advertencias de Vargas Llosa.

La tesis en cuestión se finca en un razonamiento que puede ser refutado fácilmente: que algo no sea creíble para la población, no significa que no sea real.

Ejemplifico. En los años treinta la mayoría de los ingleses creía, con Chamberlain, que se podía negociar con Hitler. Pero estaban equivocados. Churchill defendió una verdad incómoda contra viento y marea, que terminó imponiéndose, porque era eso, una verdad.

En el caso de AMLO, Anaya debe responder una pregunta elemental: el populismo de Morena representa sí o no un peligro para México y America Latina. Si la respuesta es no, quiere decir que Vargas Llosa y muchos otros estamos completamente equivocados.

Pero si la respuesta es sí, debe actuar en consecuencia. De entrada, informando puntualmente qué es lo que está en juego y cuáles son los peligros del populismo. Pero además, trazando una estrategia de convergencia con otras fuerzas políticas para evitar el mal mayor.

Ya es hora de aquilatar que el clivaje mayor de esta elección no es entre izquierda y derecha, sino entre democracia y populismo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.