AMLO y el federalismo
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AMLO y el federalismo

07/08/2018
Actualización 07/08/2018 - 8:43

Cuando hablamos de federalismo en México, ¿de qué hablamos?

•De la completa dependencia de los estados del financiamiento federal, que les aporta entre 80 y 85 por ciento de los recursos que ejercen.

•De endeudamiento recurrente: entre 2000 y 2017, todos los estados, con la excepción de Tlaxcala y Querétaro, incrementaron su deuda pública per cápita. El promedio pasó de 2 mil 362 pesos a 4 mil 483 pesos, es decir, prácticamente se duplicó.

•De gobernadores que disponen discrecionalmente del presupuesto y no rinden cuentas por sus acciones ni por sus excesos.

•De fiscales que son nombrados y sometidos por el gobernador, que llegan al extremo de utilizar el aparato de procuración de justicia para acallar opositores y despojar particulares.

•De la inseguridad y violencia que se vive en la mayoría de los estados donde los gobernadores solicitan la presencia de Ejército y Marina para cumplir tareas policiacas.

•De la expansión acelerada de la inseguridad y la violencia en zonas que son estratégicas para el turismo y la entrada de divisas: Acapulco, Guerrero; Cancún y Ciudad del Carmen, Quintana Roo; Los Cabos y San José, Baja California Sur, y, en menor medida, Vallarta y Nuevo Vallarta, Jalisco y Nayarit.

•De cuerpos policiacos mal formados, mal pagados y mal equipados que, en el mejor de los casos, son ineficientes, o, en el peor, están coludidos con el crimen organizado. Por eso el 86 por ciento de los efectivos estatales no cumplen con el Certificado Único Policial.

En el viejo sistema priista, los gobernadores topaban con un muro de contención real. El Presidente de la República tenía la capacidad de reprenderlos, someterlos o removerlos.

Esto empezó a cambiar bajo la presidencia de Ernesto Zedillo, cuando Roberto Madrazo desafió abiertamente al Presidente de la República y se mantuvo en el cargo contra viento y marea.

El proceso se aceleró y multiplicó con la alternancia. Vicente Fox no sólo contemporizó con los gobernadores priistas, que en 2000 sumaban 19 y eran todopoderosos en sus estados, sino respondió a sus presiones, otorgándoles mayor presupuesto.

El gobierno de Felipe Calderón no pudo revertir el proceso y, en medio de la crisis de inseguridad y violencia, se enfrentó a gobernadores que ya actuaban como señores feudales y habían sido claves para su victoria.

El regreso del PRI a Los Pinos empeoró las cosas. No fue una casualidad que Peña Nieto proviniera de la gubernatura del Estado de México. Ni es un secreto que fue apoyado por el resto de los gobernadores priistas, entre los que figuraban Javier Duarte y Roberto Borge.

El nuevo gobierno optó por la cooperación con los ejecutivos locales y abandonó cualquier veleidad de resistencia. Más aún cuando eran de casa. La complicidad y tolerancia han sido los sellos de esta administración.

Fue así como el proceso de consolidación de los virreyes se elevó a la 5a potencia y llegamos a extremos nunca vistos (los dos Duarte, Roberto Borge, Roberto Sandoval, etc.). La ambición desmedida y la certeza de impunidad fueron las madres de este desastre.

Ya es hora de llamar a las cosas por su nombre. El federalismo mexicano está contrahecho. Hay, sin duda, excepciones, pero son eso, excepciones. De ahí que la idea de AMLO, de nombrar un solo coordinador o representante de la Federación, deba ser sopesada.

Si se utiliza como un ariete para golpear a los gobernadores de oposición y promover a los futuros candidatos de Morena, resultará peor que la enfermedad.

Pero si se nombran funcionarios probos, que no tengan intereses ni ambiciones políticas, podrían servir de contrapeso para vigilar el ejercicio del presupuesto y reducir la discrecionalidad.

Menciono un ejemplo: los recursos destinados a seguridad y combate a la delincuencia han sido desviados para otros fines y eso explica, en buena medida, que la profesionalización de las policías esté estancada.

A final de cuentas, la victoria apabullante de AMLO y el federalismo existente obligan a replantear la cuestión a fondo. Mientras los estados no logren fortalecer sus finanzas y sean responsables de recaudar los recursos que ejercen, el federalismo seguirá siendo una formalidad.

Y otro tanto vale para la necesidad de rendición de cuentas y contrapesos locales, como instrumentos para eliminar la corrupción y los excesos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.