Sunset clause y los teléfonos inteligentes
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Sunset clause y los teléfonos inteligentes

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Sunset clause y los teléfonos inteligentes

03/09/2018
Actualización 03/09/2018 - 12:16

Por meses hemos escuchado sobre el sunset clause (cláusula de terminación automática) que quería incluir Trump en el Tratado de Libre Comercio.

Aunque esta disposición no es nueva ni se inventó en el período de Trump, la realidad es que con o sin sunset clause, pensar que las condiciones, sobre todo las referentes al comercio entre dos países son estáticas, es —por decir lo menos— iluso. Los contextos cambian. El hecho que esta cláusula no fuese incluida explícitamente (implícitamente sigue allí) en el acuerdo preliminar, no es garantía que éste (cuando se convierta en tratado) no cambie en el futuro o inclusive que pueda desaparecer; el hecho mismo que se tuvo que renegociar ahora es prueba fehaciente de eso.

En Derecho Internacional, la Convención de Viena sobre derecho de los tratados ya prevé (desde 1969) la posibilidad de alegar “cambio fundamental en las circunstancias ocurrido con respecto a las existentes en el momento de la celebración de un tratado y que no fue previsto por las partes” (Art. 62). El único tipo de tratados en donde no se pueden alegar cambios fundamentales de circunstancias son los tratados de límites. Esta lógica de cambio y la necesidad de diseñar sistemas legislativos, económicos y sobre todo de pensamiento más flexibles es sumamente necesario en nuestra era actual en constante cambio y velocidad.

Hablemos de un ejemplo de cambios importantes que se observan en el mercado. En el año 2000 salió al mercado el primer smartphone, de Ericsson (comercializado como tal) y en 2007 vivimos un auténtico boom con la salida del iPhone. Diez años después Business Intelligence y otros están anunciando una caída en las ventas de smartphones; para muchos, este tipo de teléfonos han perdido su sex appeal.

¿Hacia dónde va el mercado? Pareciera ser que hacia teléfonos que también cuenten historias. En Ámsterdam se producen y venden teléfonos “justos”. Leyeron bien, justos. La empresa Fairphone ha obtenido más de dos millones de euros de financiamiento a través de plataformas de fondeo colectivo de más de mil donadores en todo el mundo. En cinco años han crecido a más de 150 mil clientes, han lanzado dos modelos de fairphone y es la empresa de sostenibilidad mejor clasificada en la industria.

La gente se suma porque quiere ser parte de un proyecto que vende —además de un producto— un valor, una idea. Las nuevas generaciones no quieren cambiar de teléfono todos los años (y encima por uno cada vez más caro), quieren un teléfono que pueda repararse, que las partes que lo componen sean producidas en buenas condiciones laborales, que sus materiales sean comprados en condiciones de comercio justo, con materiales reciclables y reemplazables, todo en una lógica de economía circular fomentando la reutilización. El lema de la empresa es “Este no es un teléfono, es una oportunidad para cambiar la industria”. ¿Habríamos podido predecir esto hace 11 años cuando Steve Jobs anunciaba su último invento? Difícilmente.

Más allá del sunset clause nuestra mirada debería concentrarse en tratar de comprender estos cambios, anticiparse y desarrollar empresas y organizaciones con liderazgos más resilientes y flexibles, que les permita responder y agregar valor en sociedades más conscientes y reflexivas de lo que compran y más demandantes. Provisiones que pretendan evitar un cambio en el contexto no son más que letra muerta.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.