La tentación hegemónica
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La tentación hegemónica

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La tentación hegemónica

09/07/2018

Si algo nos dejó la transición a la democracia en México, es que la pluralidad y la competitividad llegaron para quedarse. Ganamos al contar con autoridades que aseguraran elecciones que cumplieran con los estándares internacionales de ser libres y justas, para que el voto ciudadano fuera la palanca única para la conformación del poder. Sin embargo, el triunfo arrollador de AMLO que se extendió a lo largo y ancho del país –ya que el único estado en donde no ganó fue Guanajuato– no sólo rompió la tradición de los gobiernos divididos que caracterizaron a nuestra aún joven democracia, sino que es probable que se conforme un nuevo modelo hegemónico, en virtud de que las hoy debilitadas fuerzas habrán de recomponerse alrededor de la posición dominante de Morena.

Fue Giovanni Sartori quien, en los años de 1970, inspirado en el caso mexicano, acuñó el término de sistema de partido hegemónico para caracterizar a una de las modalidades de los sistemas electorales no competitivos –el otro era el del partido único. El sistema hegemónico pragmático del PRI se caracterizaba porque aunque existían varios partidos políticos, la falta de condiciones efectivas de competencia los condenaba a mantenerse en los márgenes del escenario político, disputándose sólo pequeños espacios de supervivencia. La hegemonía del PRI se recreaba en cada elección, porque además de gobernar solo, sin necesidad de buscar acuerdos con otros partidos, su naturaleza pragmática, de “atrapatodo”, y el hecho de que fuera la única fuerza ganadora, la convirtió en el polo de atracción de políticos y aspirantes de diversas corrientes e inclinaciones, con la sola condición de que aceptaran las reglas de su disciplina interna.

En las condiciones actuales, para Morena está muy viva la tentación de convertirse en un nuevo polo hegemónico. Hay que considerar que el PRI y el PRD quedaron desfondados y que sus restos bien pueden cobijarse bajo su manto; que Morena es un movimiento, más que de un partido, que está liderado por una figura personalista, cuyas decisiones no dependen de la deliberación de cuerpo colegiado alguno y que como estrategia de campaña optó por acoger en el seno de su coalición a partidos de signo opuesto, como el PES y el PT, y a exdirigentes políticos de diversas tendencias. Hay que recordar también que la vocación de hegemonía no le es ajena a Morena, ya que en la actual Ciudad de México, su antecesor, el PRD, mantuvo durante veinte años una posición dominante, cifrada en el control de las redes clientelares que se nutren de los recursos de quien posee el gobierno, más que en una orientación ideológica en particular. No es casual que dicha red pasara sin problema del control del PRI al del PRD y ahora al de Morena.

Se puede argumentar que la fuerza de Morena no se asemeja a la del PRI hegemónico, que llegaba a absorber por encima de las tres cuartas partes del Congreso, incluso en el periodo de la transición, mientras que ahora Morena sólo tendrá entre el 38 y el 40 por ciento, o hasta poco más del 60 por ciento con sus aliados electorales, que seguramente se mantendrán en su órbita, sobre todo porque el partido de los evangélicos no alcanzará a ratificar su registro como partido. Empero, la pulverización del mapa partidario, en donde la mayor fuerza opositora, que es el PAN, apenas contará con entre el 16 y el 18 por ciento de la representación en el Congreso y los demás quedarán, incluido el PRI, por debajo del 10 por ciento, abre la puerta para que AMLO despliegue su vocación hegemónica.

Por supuesto que el triunfo avasallador de Morena lo obliga a transitar hacia un partido político, con estructura y cuadros altos y medios, y tendrá que hacerlo con una composición muy diversa y hasta contradictoria; pero justamente en ese periplo veremos si los grupos de oposición son capaces de erigirse en un contrapeso, o si preferirán la comodidad de sumarse a la nueva fuerza política dominante.

La hegemonía del PRI descansaba en el control de las elecciones y eso ya quedó enterrado en el pasado, pues si algo quedó ratificado con el triunfo de AMLO, es que la autonomía del INE es real y actuante y, gracias a ella, garantiza la competitividad efectiva en las elecciones. La posibilidad de una nueva hegemonía de Morena está cifrada, sobre todo, en la débil institucionalidad de nuestros partidos políticos y en la muy arraigada cultura del transfuguismo de nuestros políticos, avalada, en buena medida, porque dicha práctica no ha sido castigada por los electores.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.