Opinión

Jacobo en La Habana

1
    

    

Jacobo Zabludovsky

La partida de Jacobo Zabludovsky en días recientes ha provocado una serie de reacciones y comentarios de todos los tonos y colores, pero sobre todo, ha cubierto a muchos colegas con un profundo sentimiento de nostalgia, de cariño y de admiración por el maestro y el periodista de tantos años.

Jacobo fue mi jefe en Noticieros Televisa durante poco más de 15 años. Como tantos otros, crecí y aprendí a su lado el rigor de una nota, la precisión de un reportaje, la disciplina de una transmisión, de una guardia y de muchos días de cobertura. Fue un jefe enérgico, exigente de la calidad, pero siempre justo, siempre educado, noble y gentil.

Nunca lo escuché elevar el tono de su voz, nunca perder la compostura ni excederse con ningún colaborador o reportero. Siempre medido, siempre mesurado con un equilibrio admirable que a pesar de la adrenalina del trabajo diario, de la hora de edición para el noticiero de la noche, o de la planeación para las muchas coberturas especiales, Jacobo era como el fiel de la balanza, en su centro, en el eje de la seguridad y la experiencia.

Cuando dejó el noticiero estelar de Canal 2, ese inolvidable “24 horas” donde superó los 27 años de transmisiones diarias –que por cierto representan un récord mundial para un programa noticioso de televisión conducido por la misma persona- Jacobo permaneció en la empresa para la que había trabajado casi cuatro décadas. Después de unos meses, recibió la invitación y la propuesta de hacer otro noticiero, ahora en Cablevisión –televisión de paga– en Unicable al que él mismo tituló “Las Noticias”. Era el año de 1999 y se realizaba la Cumbre Iberoamericana en La Habana, en Cuba, la novena. A mi me habían asignado la cobertura de esa cumbre junto con otros compañeros, y le propuse a Jacobo que hiciéramos una transmisión en vivo desde La Habana en torno a esa reunión y el significado de que fuera justamente Fidel Castro el anfitrión del evento.

Jacobo aceptó la invitación, pero por motivos que yo ignoraba.

Viajamos a La Habana, nos acreditamos para la cobertura, tuvimos mil tropiezos con la organización cubana que prometía servicios de televisión y señales que no se generaban, pero que finalmente conseguimos. La noche del arranque de la cumbre montamos un improvisado “set” en la azotea de un hotel frente al edificio del Congreso cubano, una réplica en pequeño del Capitolio estadounidense que rogábamos, estuviera encendido durante la transmisión para que sirviera como escenografía estelar. Tristemente no fue así.

Y así iniciamos una transmisión de casi dos horas, Jacobo, Gabriela Reséndez brillante y destacada reportera y este servidor, narrando la llegada de los presidentes, la recepción de un magnánimo y estelar Fidel Castro, aderezado con el debate de la región y los postulados de cada líder. La experiencia, la mirada aguda y el olfato del licenciado, nos guiaron toda la noche, nos permitieron hacer menciones de los mandatarios, la complejidad de una agenda que carecía de cohesión y los evidentes puntos de conflicto entre los presidentes. Fue una delicia, una transmisión limpia, impecable, con información, datos, estadística y análisis del contexto y del momento político.

Durante los tres o cuatro días que estuvimos en La Habana, conseguimos un encuentro de Jacobo con Eusebio Leal, el visionario alcalde de la capital cubana, que había iniciado un ambicioso programa de reformas, tenencia de la propiedad y fondos internacionales para renovar el antiguo casco de La Habana Vieja. Con dos cámaras al hombro, Jorgito Pliego y David –camarógrafos– se lucieron haciendo el recorrido de más de tres horas por las calles del centro, donde Eusebio narraba a Jacobo lo que habían hecho con cada fachada, predio, edificio y plazoleta. Fue una joya televisiva que concluyó en un programa de una hora, transmitido después por ECO –por ahí debe andar en la videoteca de Chapultepec.

Pero el tono esencial de la visita a esa histórica y cautivadora ciudad fue un Jacobo nostálgico que se detenía en calles y esquinas, revisaba edificios como extrayendo de la memoria añejas imágenes robadas por el mar del Caribe y por el tiempo atrapado en esa Habana Vieja que se resiste al cambio y la modernidad.

Una tarde, concluidas las labores periodísticas, nos entregamos a un convite en El Floridita, ese emblemático sitio donde el asiento de Hemingway aún se reserva a la esquina de la barra. Jacobo entró ahí acompañado por camarógrafos y editores, reporteros y colegas que sólo deseábamos escuchar de sus labios recuerdos y anécdotas.

Lo habíamos visto taciturno, llamando varias veces al día a México, por su celular, a Sarita eterna.

Ya en El Floridita, el compañero Jorge Pliego, ambicioso coleccionista de estampas en países y coberturas, arrancó un interrogatorio extenso sobre los libros, las fotos, los personajes que Jacobo llevaría al fin del mundo, en busca de favoritos y de lecciones para la vida. Jacobo respondió, animado, jovial, con el sentido del humor filoso pero amable que lo definió.

Ahí en la sobremesa nos confesó que a La Habana había viajado de luna de miel con su inolvidable Sarita, hacía muchos, muchos años atrás. Se habían hospedado en el Hotel Washington, todavía en pie
–donde habíamos hecho parada esa mañana– y que le traía miles de memorias entrañables.

Fue una tarde especial, inolvidable, marcada por la inteligencia y la memoria, infaltables en Zabludovsky. En determinado momento llegó el presidente Zedillo acompañado por su familia a comer al Floridita y nos dispensó, generoso, un cordial saludo a todo el equipo, especialmente a Jacobo.

Hay miles de anécdotas y recuerdos de este hombre singular, de manos toscas y firmes, pero trato suave, gentil, caballeroso, rebosante de clase y de elegancia, de decencia y de lealtad a su familia y a sus amigos.

Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, de tratarlo, de trabajar a su lado, de aprender de uno y mil programas de televisión, horas de redacción o transmisiones como esta de La Habana –su última cobertura internacional para Televisa– valoramos profundamente sus lecciones y profesionalismo, su energía, su disciplina cuasi espartana. Pero ante todo, valoramos su calidad humana, su sabiduría, su bonhomía enorme.

Twitter: @LKourchenko

También te puede interesar:
Charleston, herida abierta
Felipe en Venezuela
Bienvenida, Roberta