Opinión

IV centenario de la muerte de Cervantes

 
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Miguel de Cervantes. (AP)

El próximo sábado 23 de abril se cumplen 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes, el más grande escritor en lengua española de todos los tiempos. Con este motivo, desde el inicio del presente año se han venido realizando numerosos actos a lo largo y ancho del planeta, en los lugares en los que uno menos se imagina, en homenaje al insigne autor nacido en Alcalá de Henares.

Este impresionante torrente mundial de reconocimientos a Cervantes, muy merecido por supuesto, es justiciero por partida doble. En primer lugar, porque honra a un personaje extraordinario, realmente fuera de serie. Baste decir que el autor de su más completa y erudita biografía, publicada a lo largo de una década –de1948 a 1958- en siete enormes tomos, Luis Astrana Marín, la tituló con acierto “Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes”.

Y en segundo lugar, porque en vida y aun más de un siglo después de su muerte, no le fue reconocida su verdadera categoría y el inmenso valor que su obra tiene. Por algo realmente extraño, al autor de El Quijote lo siguió siempre, como su sombra, a lo largo de los casi setenta años de existencia, una proverbial mala suerte. Vivió y murió pobre, casi en la miseria. Transcurrió su vida sin recibir la justa compensación que por su obra merecía. Sin reconocimientos, honores ni homenajes.

En justicia y por fortuna, así sea cuatrocientos años después de su muerte, hoy es exactamente lo contrario. Se le rinde tributo aquí y allá, en incontables lugares y ámbitos alrededor del mundo –lo mismo en Filipinas que en Ucrania, en Chile y en Polonia, Túnez, Japón y España desde luego, en todos lados-, en países pobres y ricos, en los que hablan español y en los que no, en sitios académicos de muy altos vuelos y en los de nivel modesto, al gran Miguel de Cervantes.

Cervantes murió en 1616. Aunque hoy nos resulte difícil de creer, su primera y muy incompleta biografía, que en realidad más parece reseña de su obra que de su vida, no apareció sino hasta 121 años después, en 1737, publicada por el abogado y erudito valenciano Gregorio Mayans y Siscar. Menos aún es de creerse que esta inicial biografía de Cervantes, en su primera edición tuvo apenas un tiraje de ¡25 ejemplares! Sí, la cuarta parte de un ciento de copias. Hoy, en contraste, son cientos las biografías que hay del autor de El Quijote, si bien son escasamente una docena, quizá, las que valen la pena.

Cuando Mayans escribió la “Vida de Miguel de Cervantes”, no solamente ignoraba él la fecha exacta y el lugar de nacimiento de su biografíado, sino que además se equivocó al anotar la fecha de su muerte. Puso inicialmente que había sido el 19 de abril de 1616.

Al percatarse del gazapo, escribió al impresor solicitándole que modificara el texto ya entregado y se pusiera lo siguiente: que “de un libro de entierros, que se conserva en Madrid en la iglesia parroquial de San Sebastián, consta que murió (Cervantes) en la calle de León, el día 23 de abril del referido año 1616, habiendo mandado que se le enterrase en el convento de las monjas trinitarias”.

En realidad el 19 de abril, cuatro días antes de su muerte, fue la fecha en que Cervantes redactó la dedicatoria al conde de Lemos del que sería su último libro “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, publicado en forma póstuma, aunque se sabe que trabajaba en otros tres, hoy perdidos quizá para siempre.

Es en esa dedicatoria donde Cervantes le dice al conde de Lemos, de nombre Pedro Fernández de Castro, lo siguiente: Puesto ya el pie en el estribo, / Con las ansias de la muerte, / Gran señor, ésta te escribo.

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